En busca de la épica

Empecé a correr hace 4 o 5 años, no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es cómo y por qué empecé. ¿Por qué? Para bajar unos kg y mantenerme en forma, además de ser una actividad completa y saludable para el corazón, que no es que tenga problemas de corazón pero, oye, no está de más cuidarlo un poquito. ¿Cómo? Pues empecé con mi novio con una app que se llama C25K, que quiere decir “del sofá a correr 5k”. Un programa de 9 semanas en el que empiezas alternando tiempos cortos de andar/correr. Al final debes ser capaz de correr 5k o 1/2 hora del tirón. Aún recuerdo el suplicio que suponía estar 10 o 12 minutos corriendo sin parar… Un horror.

Cuando finalmente alcanzamos el objetivo, ahí ya, sin una motivación o un “algo” que te recuerde que debes salir a correr, entra en juego tu motivación, tus ganas y tu fuerza de voluntad. Mi novio se apeó del carro, lo de correr no va él, y yo decidí seguir.

Mentiría si digo que me vuelve loca correr o que es mi pasión, pero también mentiría si digo que no me gusta y que me me costaría vivir sin poder salir un par de días a trotar oye ahí. No creo compartir esa ensoñación runner de hacerlo una necesidad vital, pero tiene un no sé qué, que qué se yo que te medio obliga a ponerte las zapas y hacerte unos kms. Cada uno por el motivo que sea, pero ahí está esa “necesidad”.

Hace 4 años, después de la “azaña” de los 5 km empecé a correr un día por semana. Normalmente los domingos y he de decir que no siempre en las mejores condiciones… Corría sin reloj, sin pulsómetro, sin objetivo de tiempo ni km. De hecho, no sabía ni cuánto corría. Empecé aumentando mi kilometraje semanal hasta que alcancé lo que yo pensaba que eran 8 km (más tarde supe que eran 10 en realidad) y esa era mi rutina: 8 (10) km, lo que tardase, y siempre por el mismo sitio, mi oasis en Madrid. Ese parque de cuestas que tanto me ha servido para entrenar posteriores carreras.

Y así, por lo menos estuve un año. Correr sin objetivo, correr para estar en forma, y ya.

Después te empieza a picar un poco el gusanillo de las carreras. El querer “medir” de alguna manera tu esfuerzo. Así que me planteé correr mi primera carrera oficial. La elegida fue la de la mujer del año 2013.

Tocaba armarse de las herramientas necesarias para poder controlar de alguna manera el entrenamiento y el progreso. Así que me instalé (al fin) el Endomondo, y ahí descubrí que mis 8 km eran en realidad 10, que mi ritmo de carrera rondaba los 6′ por km (a veces menos, a veces mucho más) y que tenía fondo de sobra para afrontar esos 7 km que tiene la carrera.

Jo, qué nerviosa estaba! Y menuda parafernalia monté en los dos días previos. Cuidándome mucho la alimentación y el sueño y renunciando a mis adoradas cervezas (lo que viene siendo ya un clásico de mis carreras).

Pues llegó el día, y pese a que la salida no fue como quería y no pude colocarme en una zona cómoda para correr, todo fue bastante bien. Acabé contenta con un tiempo muy similar a lo que había testeado en los entrenos (38′ y poco) y bastante entera. Tampoco es una carrera en la que puedas ir a hacer tu MMP, porque continuamente te vas chocando con mujeres que se lo toman como lo que es, un carrera festiva para disfrutar con tu gente, y además es muy multitudinaria, imposible correr con fluidez.

El caso es que fue mi primera carrera y la recuerdo con muuuucho cariño.

Después vino alguna de 10, no tengo muchos recuerdos de ellas. Cuando ya has corrido los 10 entrenando y sabes que puedes, no es tan emocionante acabar un 10k. Pero aún así mola, y sigues midiéndote en esas pruebas.

Seguía corriendo 1 día por semana y sin entrenamiento específico. Me valía con eso y realmente sabía que con mis veintilargos no me iba a convertir en plusmarquista, ni tampoco sentía esa necesidad de exprimirme. Así que no había progresión ninguna. 10 km en torno a una hora, y con eso me valía. De hecho, mi idea era quedarme ahí. Pero, a principios del año pasado empezó a picarme el gusanillo de la media maratón. Ya llevaba varios 10 y dar el salto a los 21 me parecía un reto atractivo. Y es que hoy estoy 100% segura de que lo que más me gusta de correr es el reto, tener un objetivo. Y el periodo más bonito es siempre el entrenamiento, hasta que llegas a lograrlo…

Volviendo a la idea de los 21, pedí consejo sobre cuál era mejor correr a un amigo que conocí en un carrera, un deportista número 1, que me propuso la media de Madrid como un buen estreno en la distancia, porque es una carrera muy chula aunque dura, por el desnivel que presenta el recorrido.

Así que fueron unos meses intensos de preparación, aunque solo con dos días de carrera a la semana, uno de cantidad y uno de calidad, como se suele decir.

Mi objetivo era bajar de las 2 horas, que era un objetivo realista pero para el que había que prepararse. Mi colega me hizo un plan adaptado super chulo y completo, que cumplí religiosamente. Juro que puse todo de mi parte y me esforcé al máximo, saliendo a correr sí o sí fueran cuales fueran las circunstancias, aunque a veces los entrenos no iban como yo quería.

Además tenía mucha presión psicológica y miedo de no poder con la distancia y aunque en ese momento lo necesitaba, creo que cometí un error al correr una media maratón previa de entrenamiento, un mes antes de “mi media”. Me demostré a mí misma que podía hacerlo, pero creo que me relajé en mi objetivo final.

El caso es que llegó el día, y sin la presión de saber si podría o no con los 21, que ya sabía que sí, me planté allí con mi amigo que me acompañó todo el recorrido, aunque era yo la que marcaba mi propio ritmo.

La estrategia era pegarse al globo de las 2 horas e ir con él, para al final hacer un pequeño sprint y pasarlo.
Pero nada fue bien desde el principio. No me sentía cómoda e iba muy por encima de mi ritmo. Los 3 km primeros fueron muy rápidos para mi gusto y es que los jodidos globos, hoy lo sé, nunca van a su ritmo! O más rápidos, o más lentos, pero yo no me aclaro con ellos, la verdad.

Mi colega que se portó de luxe intentó marcarme el ritmo, pero yo no podía seguirlo, y empezó el agobio de querer pararme ya desde el km 3, con 18 km por delante aún! Además tenía sed todo el rato y no iba demasiado cómoda. Mi ritmo empezó a caer mucho y aunque no sé tiempos exactos, veía como el querido globito se alejaba inexorablemente.

A los 19 recuerdo esa sensación de tener las rodillas reventadas, que parece ser que cuánto más lento corres, más sufren las pobres, y las mías gritaban pidiendo auxilio. Llegamos al 21, yo, sin ápice de fuerzas para intentar un sprint final de dignidad, y conformándome con acabar en un tiempo de 2:10:17, una marca muy por encima de mi objetivo, e incluso unos segundos por encima de la marca que hice en mi media de entrenamiento, en la cual me sentí mucho más cómoda, por aquello de correr sin objetivo de tiempo ni presión.

En fin, contenta por acabar, pero algo decepcionada por no haber sido capaz de conseguirlo. A nadie le gusta no alcanzar sus objetivos, y yo no voy a ser menos. En caso es que por esa época ya me rondaba por la cabeza un objetivo mucho más ambicioso, que había comentado con mi amigo medio en plan locura, como que eso no era para mí, pero en el fondo lo tenía en la cabeza y me picaba muchísimo la curiosidad. Un MA-RA-TÓN! No era capaz ni de escribir las sílabas juntas. Un MARATÓN ya me sonaba a palabras mayores, con sus 7 letras en mayúscula. 42 km y pico, casi la distancia que hay entre mi pueblo y Valencia, que tantas veces he recorrido  coche, pensaba yo…

Pero si corres, a poquito que te guste, las ganas de correr un maratón aparecerán antes o después. La distancia reina, la que asusta, el desafío, el reto, la capacidad de superación, probarte a ti mismo y buscar tus límites… Eso está ahí, así que un día sin pensarlo demasiado me lié la manta en la cabeza y me apunté al maratón de Valencia. Qué mejor escenario para debutar que en tu propia casa, además con un clima y recorrido amable y no muy exigente. Pues al lío, ya estaba hecho, ahora tocaba prepararlo.

Esta vez lo hice yo sola. Me bajé de Internet un plan de entrenamiento cuya única finalidad era terminar. Era consciente de mis posibilidades, y dado cómo me fue la media y la poca experiencia que tenía me parecía un objetivo más que suficiente. Cuándo me inscribí puse una estimación de 5 horas para finalizar (el tiempo límite es 6), pero mi idea soñada era ser capaz de hacerlo en 4,5 horas o menos. Para un corredor experimentado es un mal tiempo, para mí sonaba casi a ciencia ficción.

La maratón era el 16 de noviembre, y yo empecé mi preparación específica en julio, 20 semanas antes. No era muy exigente dado el objetivo, pero requería de mucha constancia ya que implicaba correr 4, 5 o incluso 6 días por semana, extremo que jamás cumplí.

La verdad es que, a diferencia del entrenamiento para la media, mi disciplina al cumplir este plan fue nefasta. Me salté muchos entrenamientos, y no hice más que dos o 3 de “calidad” y a lo freestyle, como yo misma me defino siempre. Vida social, bodas, resacas, viajes y demás, me impidieron llevar un orden en los entrenamientos. Aún así trataba de correr por lo menos 3 días por semana, alguna vez fueron 4, y siempre entre 5 y 10 km, excepto los fines de semana cuando tocaban las denominadas tiradas largas.

Cada vez que veía en el plan las tiradas largas de 32 km (que se supone son las recomendables para entrenar la distancia, al menos unas 3), me entraban escalofríos, literalmente. Jamás había corrido tanto, ni creía que pudiera, además.

Lo comenté con mi amigo y me dijo que eso era mucho, que como máximo 25 estaba bien, así que palabra de Dios, que para algo es el experto en la materia.

Iban pasando las semanas y algo no iba definitivamente bien. Rebajé mucho los km de las tiradas largas, y aún así era muy pesado correr. Vale que era verano, y que salía tarde a correr, que hubiera cuestas, y bla, bla, bla, pero algo no iba bien. Sufría demasiado, las cuestas eran terroríficas, mis pulsaciones se disparaban por encima de las 180, sudaba mucho (cosa que no me suele pasar), me notaba cansada casi desde el principio y constantemente el cerebro me mandaba la orden de “párate”. Mi fuerza de voluntad es grande, ahora lo sé, pero a veces sí me paraba con la excusa de beber agua, un semáforo, lo que fuera, pero necesitaba parar. Tuve que abortar una tirada larga que iba a ser de 21 y se quedó en 13, exhausta. Además, no es que nunca haya hecho grandes tiempos, pero mi ritmo había caído mucho (casi 1′ por km, a veces, más), y cuando terminaba estaba rota, sobre todo con las largas. Un día hasta me entraron unos mareos horribles y me tuve que acostar sin comer ni nada porque me daba arcadas.

Así que con estas pésimas sensaciones seguía avanzando en mi entrenamiento, a duras penas pero con cierta constancia. Estaba completamente obsesionada con el tema. Por un lado con muchas ganas, por otro con muchas dudas de si podría lograrlo. Muchas. Era una pesada monotemática, centraba muchas conversaciones en la carrera y mi pobre novio tuvo que sufrirme todo ese tiempo.

Pero a 8 semanas de la carrera pasó algo. Una cosa mala que acabó convirtiéndose en algo bueno, pero que en ese momento me hundió por completo. Fui a darme unas mechas y la peluquera me comentó que se me caía mucho el pelo, cosa a la que yo nunca había dado importancia porque me pasa habitualmente. Pero insistió en que no era normal, que era mucho lo que se me caía y que podría significar falta de hierro. Así que fui a hacerme unos análisis por precaución, le comenté a mi médica el tema del maratón y me hizo una analítica completa.

Una semana más tarde recibí la noticia, para mí, demoledora. Anemia de caballo y 3 semanas de parón total. Prohibido correr. A recuperarse y punto. A 7 semanas del maratón!! Salí de la consulta del médico hecha un mar de lágrimas. No me lo esperaba. Considero que tengo una alimentación muy buena, por eso no entendía esa descompensación. Estaba bajísima de hierro y de glóbulos rojos. La parte buena del tema era que al menos le encontré una explicación a lo que me pasaba. El cansancio, el bajón de ritmo y las malas sensaciones.

Todo el mundo me decía que me olvidara del maratón, que con esa anemia ni se me ocurriera, que había más maratones (frase que llegué a odiar con toda mi alma). Pero yo soy una tía cabezona. Había dedicado tiempo, esfuerzo y sobre todo tenía ganas de hacerlo. En ese momento. Quizá al año siguiente no podría, o no querría o vete a saber. Ese año, era el año de mi maratón. Así que confié en recuperarme, me agarré al clavo ardiendo de que a las 3 semanas me iba a recuperar e iba a poder retomar mis entrenamientos, y hasta donde llegara.

Y así fue. 3 semanas después me pidieron una analítica urgente (justificada por el nivel bajo de glóbulos rojos, y porque mi médica es muy maja) y tres días después tenía mis resultados. CASI A TOPE! Niveles de hierro recuperados, glóbulos rojos algo pequeños aún, pero en niveles normales, yihah! Me dijo mi médica que podía retomar los entrenos (con moderación) y así hice.

Recuerdo los primeros 5 km que corrí tras las 3 semanas de parón total. Wow, eso era correr! Casi no me acordaba de lo que era hacerlo sin sufrir… Recuperé las buenas sensaciones y con más ganas que nunca de correr el maratón. Además, me quité mucha presión de encima. Dadas las circunstancias, correría pero hasta donde llegara, sin estrés. Mi familia estaba un poco asustada porque saben que soy muy cabezona, pero yo tampoco quería poner en riesgo mi salud. El caso es que me encontraba fuerte y quería intentarlo. Tenía que ser ese maratón, igual no habría otro.

Llegó el día, un mes y pico después y marché para Valencia hecha un manojo de nervios. 5 meses irregulares de preparación, con el parón obligatorio en la recta final y dos tiradas largas de 20 + 1 de 25 km (con varias paradas en el recorrido). Esa era la distancia máxima que había corrido y me iba a enfrentar a 42,195 km. Normal que estuviera cagada.

Ese finde traté de cuidarme mucho. Comer mucho y bien, intentar descansar… Al final más o menos pude cumplir. Y una semana entera previa sin probar gota de cerveza, con lo que me gusta…

Muy familia seguía preocupada, pero les prometí que si algo iba mal, me pararía. Así que bueno, llegó el día y allí estaba, nerviosa y emocionada a la vez. Iba a correr un maratón! Es una sensación que hay que vivir, y que no es fácil de explicar. Es como un poco increíble. Es como las primeras veces de algo. Es emocionante y te sientes bien, aunque no sabes cómo irá, estás allí y ya no hay marcha atrás.

Mi maratón no da para mucha crónica. Solo puedo resumirlo en mi carrera soñada. Me salió todo bien. Como iba sin nada de presión quise disfrutarlo al máximo, y así fue. Empezar a correr y me sentí bien desde el principio. Estar feliz, disfrutando de cada km, del ambiente de la prueba, de la gente, de la animación. Ser consciente de estar alcanzado un reto y dejarte llevar.

Yo, que no sé vivir sin música, no me la puse hasta el km 25, momento en el que miré el móvil por primera vez. El ambiente era tan genial que la música sobraba. Sabía que mi ritmo era el que quería porque iba calculando los bloques de 5 km cada media hora más o menos, aunque llevar el globo de la 5 horas todo el rato delante me descolocaba. Me animaba mucho la gente, porque corría en casa y con la señera, y mi familia y amigos se distribuyeron estratégicamente por el recorrido, para darme ánimos.

Lo mejor de todo lo bien que me lo pasé. No parar para nada, no andar ningún tramo, eso lo tenía muy presente para poder conseguir mi reto. Y tener la certeza, en la media maratón, a la que llegué enterísima, de que iba a conseguirlo, de que lo tenía hecho.

No apareció el muro, no sufrí. Hay km que no me di cuenta ni de que los corrí. No se me hizo largo, no se me hizo pesado. Encaré los dos últimos km de meta con fuerza para sprintar y acabar con un sonrisón de oreja a oreja y una magnífica sensación de felicidad. La meta de Valencia, una pasarela sobre el agua, es simplemente espectacular.

Al final, 4:24:24, un tiempo que ni hubiera soñado, y la sensación de que podría haber sido menos. Pero no lo cambio para nada. Aunque tengo un pero, un ay… Faltó épica. Tanto leer sobre la dureza de un maratón, el muro, el sufrimiento, llegar a meta con tu último aliento… Me faltó esa grandeza, esa sensación de victoria. Lo sentí como “pues no era para tanto”.

Aunque me duele decirlo, casi fue más bonito el viaje que el destino. El “sufrimiento” en los entrenos, las dudas, la espera, los días previos. Es como cuando termina la serie que tanto te gusta y el final es, además, un poco decepcionante. Es que cuando te creas unas expectativas tan grandes, necesitas un final mucho más explosivo. Es cierto que estaba muy feliz, pero así lo siento, faltó épica.

Y ya sé que soy capaz de correr un maratón. La distancia reina, el reto. Y después, me quedé un poco vacía. Qué iba a hacer ahora…

Perdí un poco la motivación y al mismo tiempo necesitaba buscarme otro reto. El hecho de mejorar la marca es atractivo, pero lo que supone me da algo de pereza. Así que empecé a pensar en saldar mi cuenta pendiente con el sub 2horas en el medio maratón.
Ahora que ya era una maratoniana de pleno derecho, quería quitarme esa espinita.

Así que a principios de este año volví a apuntarme al medio maratón de Madrid, con el objetivo del año pasado, hacerlo en menos de 2 horas. Era la primera vez que afrontaba una carrera con objetivo de tiempo, por eso necesitaba un plan de entrenamiento más específico.

Otra vez recurrí a Internet, y otra vez me pareció que era un plan exagerado, con tiradas largas de hasta 25 km, y otros 5 días por semana de entrenamiento, así que, nuevamente, lo adapté a mi gusto, y rebajé días y km.

No es que lo siguiera muy a rajatabla, pero hacía algunas series y me hice una tirada de 20 y una de 18 a modo de test, con un recorrido con cuestas importantes, intentando emular un poco el duro recorrido de la Media de Madrid. Lo tenía más o menos cerca, pero no veía que fuera a llegar. Me faltaba rebajar mi tiempo de los entrenos en unos 8 minutos para poder alcanzar el objetivo, y de manera muy ajustada. Pero ya no quedaba mucho tiempo. Entre compromisos, actividades y viajes, las dos últimas semanas fueron muy freestyle. Corrí mis últimos 4 km “antes de” el viernes previo, con ese entreno que tanto me gusta y que consiste en ir tranquila, soltar piernas, pensar en el objetivo y prepararte mentalmente para ello.

El día anterior es un día que dedico a descansar, comer bien, pintarme las uñas y dejarme preparado todo. Mi camiseta de las grandes citas (la de la señera del Valencia CF) y todo lo demás: zapatillas, gorra, mallas, pañuelos, agua, gel y riñonera.

Me levanté cuando cantó el gallo, habiendo dormido entre 0 y nada por los nervios, algo cansada pero con la euforia de la carrera no lo notas mucho. A las 5.45 ya estaba en pie para poder cumplir el ritual sagrado de desayunar entre 2,5 y 3 horas antes. Tengo muchos problemas estomacales cuando corro, así que tengo mucho cuidado con lo que como antes de una carrera oficial.

Desayuno de maratón: 2 tostadas hermosas de pan blanco, una con mantequilla (poca) y mermelada y otra con aceite y jamón york (que se me olvidó esta vez). Zumo de naranja natural, un café solo y una galleta que me hago con avena, nueces y plátano. Ningún otro día desayuno tanto.

Salí de casa para llegar unos 45 min antes a la salida, no conviene apurar y pasar más nervios aún, aunque esta vez no estaba muy nerviosa. El ambiente de la carrera era buenísimo como cabía esperar, y la organización me pareció muy buena. Recibí los últimos ánimos por whats de familia y amigos, que confiaban más en mí que yo misma, sentada en un bordillo, unos 20 minutos antes de la salida. No suelo calentar más allá de engrasar un poco las articulaciones, así que no tenía mucho que hacer.

A las 8.50 ya estaba preparada para la salida, con el Garmin a punto para ir controlando mi rimo. La primera carrera con la que contaba con un GPS en condiciones para medir mi ritmo. La idea era situarse detrás del globo de las 2h, ir pegado a él y apretar un poco al final para rebajar la marca. Pero estando situada en la salida, lo veía muy detrás, y los dorsales que veía por mi lado eran muy altos, por lo que pensaba que la gente no estaba respetando mucho los tiempos y que si me ponía tan atrás, la salida iba a ser muy embarullada, segundos de oro que no podía perder.

Al final, me situé entre el globo de 1 h 55′ y 2 h, bien. Esta vez si quería correr con música. Tenía preparada una lista de clásicos de los 70, 80 y 90 pero en versión punk, y la primera que sonó fue Life is life, versionada por Ramazzuri, un himno del optimismo y el buen rollo.

He de decir que soy una corredora nefasta. No controlo ritmos, no caliento al principio y no soy capaz de llevar a cabo el planteamiento del menos a más. Corro totalmente por sensaciones, si estoy muy cansada aflojo, si me veo fuerte, aprieto. Lo de regular, no es lo mío. Es un poco frustrante que después de 4 años aún no haya aprendido a correr pero, como he dicho, soy una chica freestyle.

Dicho esto, empezamos a correr. Salida limpia, no nos entorpecemos unos a otros, bien. No me adelanta mucha gente, así que veo que he elegido buena posición. No veo ningún globo, esperaba que el de las 2h me adelantara, pero no llega y no lo voy a esperar, así que planteamiento de carrera eliminado desde el principio, pasamos al plan B: correr y a ver qué pasa.

Km 1, miro el reloj y veo que voy a 5.30, un poco rápida, pienso. Del 1 al 9, excepto el 2, es un recorrido casi todo en rato cuesta arriba. Después viene la parte llamada de toboganes, arriba y abajo, aunque con una tendencia más descendente, para acabar con unos 2 km y pico asesinos cuesta arriba, excepto la parte final. Con este recorrido por delante, iba un poco por encima de ritmo, pero me encontraba bien, así que decidí seguir apretando.

No voy a describir cada km, pero me planté en el 3 habiendo corrido a 4.45. Estaba flipando. Y me encontraba bien, todavía. Apareció el duende malo que me decía: “corre ahora rápido, vas cuesta arriba y vas bien, la segunda parte será más cuesta abajo, y tendrás segundos de sobra en la reserva”. Y así hice. Km a 5,12, 5,20, 5,25… Llevaba bastante margen en la primera parte y la segunda se presentaba mejor.

Llegados a los 10 km vi que había conseguido mi mejor marca, y corriendo una media maratón!
Otra vez la sensación de ya saber que lo tenía. Muy mal se me tenía que dar la segunda parte para no conseguirlo, y la distancia ya no me asustaba. ¿Épica dónde estás? La segunda parte fue bien, más tranquila pero a un buen ritmo constante. Seguía con mucho margen y tenía a la vista el globo de 1h 55′, pero esa no era mi guerra, no me preocupaba. Ya tenía los deberes hechos. Quizá demasiado confiada, porque cuando aparecieron ante mí los 3 últimos km asesinos empecé a echar cálculos mentales de cuántos segundos me podía permitir perder para no liarla.

Pero todo pasa, así que intenté no mirar demasiado el reloj y me ventilé los 2 km y pico mortales para entrar en retiro con un sprint final de 5′ por km, prefecto para mí con lo que llevaba encima.

Al final, 1 h 56′ 22″. FELIZ, deberes más que hechos y orgullosa de mi misma. Sin embargo… Épica, te sigo buscando!

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Media maratón de Madrid 2014

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Maratón de Valencia 2015

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Media maratón de Madrid 2015

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