Honeymoon – Kuala Lumpur (Malasia) y vuelta a casa – Días 17, 18, 19 y 20

Los 3 últimos días del viaje decidimos invertirlos en la capital de Malasia, Kuala Lumpur. En parte porque no queríamos andar estresados en los días previos a la vuelta a casa, y en parte porque encontramos un vuelo bastante barato para el miércoles con Air Asia, así que bueno, quemaríamos nuestros últimos cartuchos allí.

Salimos temprano (como de costumbre) para el aeropuerto. El mismo chico que nos llevó a Angkor es el que nos acercó al aeropuerto en un tiempo récord, gracias a su pericia como conductor llegamos bien de tiempo, ya que al final se nos hizo más tarde de lo previsto. El precio, 5$, una tarifa estándar en la ciudad por ese traslado.

Aterrizamos en Kuala Lumpur a medio día, pero entre que llegamos al hotel (que habíamos reservado previamente por booking), nos registramos y dejamos las cosas, se nos hizo la hora de comer. Por cierto, increíble lo amable que es también la gente de allí, que nos han ayudado un montón a movernos por la ciudad, y que muchas veces te ayudaban sin que ni siquiera les preguntaras.

Nos alojamos en el Mandarín Court, que ocupaba todo un edificio entero, un rascacielos de propiedad china. No obstante, estaba situado muy cerca del barrio chino, a pocos minutos andando, una animada zona con bastante vida, céntrica y la preferida de los mochileros por ser también económica. No fue una elección casual, pues es este es uno de los pocos barrios de la ciudad en los que puedes encontrar cerveza (estos chinos qué no harán! :)). No queríamos ley seca en nuestros últimos días de luna de miel.

Para mi gusto, este es el peor de los hoteles en los que hemos dormido. Sin ser caro (23 euros noche) y estando bien y limpio, no era tan agradable como los otros. De estilo soviético y todo con moqueta, se le notaba ya viejete. El baño sería para darle un repaso, nada cómodo ni funcional, pero bien en general, salvo porque hacía un frío polar que no podías evitar ni aunque apagaras el A/A.

Nuestra habitación, situada en la planta 13 tenía vistas a un estadio de fútbol. Pero las ventanas por fuera estaban muy sucias!

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El hotel también contaba con una fantástica piscina en la parte superior que nunca llegamos a utilizar. 😦

Sinceramente no tenía muchas esperanzas puestas en la ciudad. El primer día que pasamos aquí, al principio del todo, no me pareció una ciudad que tuviera mucho que ofrecer. Me equivoqué, sin duda. Kuala Lumpur es una mega ciudad de contrastes, pero completamente desarrollada y que tiene mucho para ver y disfrutar.

Los medios de transporte públicos son fantásticos y baratísimos (el monorail, por ejemplo, cuesta algo así como 20 o 30 cts por trayecto, algo más si eran más paradas, pero máximo 50 cts de euro), además funcionan genial (lástima el frío polar, de nuevo).

Aunque se notan diferencias en las construcciones y las viviendas según los barrios, en general todo está bastante “aseado”, con muchos restos de arquitectura colonial, como por ejemplo en el barrio de “little india”.

Hay una predilección también en la ciudad por la construcción de edificios mega monstruosos. Con lo que odio los centros comerciales y los que habré visitado aquí, no menos de 4! Vaya tela con el capitalismo. Aunque también es cierto que una vez dentro, a mí las tiendas me parecían como muy cutres, la mayoría tipo chino. Se salvaban unas pocas pero en general, todo muy fosforito, trajes de princesa para niñas, mucho colorinchi y mucha ropa musulmana, que respeto pero claro, jamás compraría. Y luego había otro monstruo de estos, de no sé cuántas plantas dedicado a los móviles, cámaras, ordenadores, etc, el Low Yat Plaza. Es verdad que aquí es algo más barato, pero para mí no justifica el coñazo que supone recorrerme los tropecientos mil metros que tiene, y el agobio de que todos te estén llamando para que te pares en su puesto.

Aunque en un principio valoramos hacer una escapada a algún cercano, tipo la playa e Port Dickson o la ciudad de Malacca (patrimonio de la Unesco), al final lo descartamos porque teníamos que invertir bastante tiempo en trayectos, las conexiones no eran muy buenas y además el tiempo era bastante inestable (nos ha llovido un montón!). De modo que nos dedicamos a visitar los puntos de mayor interés de la ciudad, pero sin agobios, y todo paseando o en transporte público.

Cabe señalar que moverse por Kuala Lumpur es mucho más fácil que por otras grandes ciudades que hemos visitado como Hanoi, Ho Chi Minh o Phon Phen, con un tráfico mucho más ordenado.

Estuvimos paseando por Chinatown, calles atestadas de puestos repletos de productos falsificados, restaurantes y puestos de comida y bebida. Como comentaba anteriormente, aquí se puede consumir alcohol, pero es bastante caro en relación a los precios que se manejan en el resto de la ciudad. Una cerveza te puede costar entre 3 y 4 euros al cambio, aunque también el cierto que son botellas enormes de 640 ml.

También visitamos little india, aunque este barrio casi pasa desapercibido si no fuera por lo colorido de sus negocios, los carteles y la música que sale de algunos de ellos. La comunidad india en Kuala Lumpur es bastante extensa por lo que pudimos apreciar.

Otros sitios que vistamos fue la plaza Merdeka, el palacio del Sultán, el monumento a la independencia, una reserva natural que hay en mitad de la ciudad (Bukit Nanas Forest Reserve) cerca de la torre de comunicación (a la que no subimos porque costaba 20 euros y estaba muy nublado), las torres Petronas (a las que tampoco subimos porque hay que madrugar y hacer mega cola para comprar entrada y no había ganas tampoco), Central Market y algún sitio más que no recuerdo exactamente porque andamos mucho!

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Tenemos una cuenta pendiente con la mezquita que hay cerca de la plaza Merdeka (no recuerdo el nombre porque he perdido el mapa), muy bonita por fuera pero impenetrable. Hasta 3 intentos de visita hicimos en 3 días diferentes. Con horarios restringidos (3 horas por la mañana y 3 por la tarde) y también de indumentaria (mujeres tapadas y con velo, sin estridencias en la ropa para ambos sexos) nos fue imposible visitarla. Igual quitaban un horario de visita que te decían que estaba cerrada. Tenemos la teoría no desacertada de que no son muy fans de la visita turística.

Una de las cosas que más impresiona es la visita de las Petronas. Tienes que bajar en la parada KLCC, y está tan solo a unos pasos. Las torres gemelas más altas del mundo, con 82 pisos y 452 metros, son una maravilla arquitectónica que vale la pena admirar. Cuando están iluminadas por la noche, resultan todavía más imponentes. Hay una pasarela que une ambas torres, la foto desde ahí debe ser espectacular. No sé si el suelo es transparente, pero si lo es, yo hubiera pasado a gatas!

Cerca del Low Yat Plaza hay una calle muy animada, llena de bares chinos con terraza. Se come genial y barato y es una zona muy guay para tomar unas cervezas. Y si sigues la calle hasta el final y Tuerces a la izquierda, te encuentras una calle llena de locales occidentales a lo Pub Street en Siem Reap, donde también hay mucha marcha. Siento no poder poner el nombre de las calles por la pérdida del mapa, pero preguntando un poco donde está la zona de ambiente (festivo que no gay), no tardarás en encontrarlo.

Nuestro último día fue el más relajado de todos. Después de desayunar, aproveché para completar el trío asiático en materia de Km y salí a quemar un poco de goma. Afortunadamente no hacía tanto calor como en los países vecinos, pero aún así acabé empapada. Intenté colarme en el famoso estadio Merdeka para darle unas vueltas a la pista, pero estaban cerradas todas las puertas (lógico) y no pudo ser. Me hacía ilusión correr unos km en cada país, así que estoy contenta de haberlo conseguido, aunque no siempre fue en las mejores condiciones.

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Para la cena de fin de fiesta miré en tripadvisor la lista de los considerados mejores restaurantes de la ciudad, y elegí el primero. Su nombre es Dinning in the Dark, y como su propio nombre indica, se trata de cenar absolutamente a oscuras. Una experiencia sensorial en la que el único sentido que no te está permitido utilizar es la vista.

Cuando llegas al restaurante, una persona del servicio te sirve un cóctel de bienvenida en el que has de adivinar los ingredientes. Después te tienes que poner un antifaz y meter la mano en un cubo de arroz y pimienta, en el que debes encontrar dos pequeños clips. Una vez superada la “prueba”, tienes que dejar tus pertenencias en una taquilla, incluidos móviles y telones m relojes. No está permitido entrar con nada que emita un mínimo de luz.

Para entrar en la sala, que está toda oscura, viene a recogerte tu guía, que te lleva hasta la mesa haciendo el trenecito. En nuestro caso era “Juice” un invidente que se encargaría de servirnos los platos y al que me tendríamos que indicar cualquier cosa que quisiéramos.

Es rarísimo no ver nada, pero nada de nada. Una vez localizas tu asiento (que tu guía te indica muy bien), te explican dónde tienes ubicados los cubiertos y la bebida (que se sirve aparte). Lo primero que hice fue hacer un reconocimiento de la mesa con las manos para localizar mis cubiertos y servilleta.

Tras eso, el camarero te va sirviendo los platos. No sabes lo que es, otro él te indica el orden en el que has de comer.

El menú costaba de 4 entrantes, 2 sopas, 3 principales y 5 postres.

Para la cena completa inviertes alrededor de 90 minutos. El servicio es muy eficiente, ya que te sirven un plato tras otro sin tener que esperar.

Hay unas cámaras de infrarrojos por las que imagino controlan el desarrollo de la cena. Conviene pues no liarla mucho, porque tú no ves, pero ellos a ti sí. De hecho, durante uno de los platos me dediqué a hacerle monerías a la cámara y enseguida vino el camarero a preguntarme si había terminado (no, no había terminado aún!).

Es una experiencia diferente y extraña. El no ver nada, no saber lo que comes, tocar, oler, saborear, comentar los platos con tu compañero… Mola!

Sinceramente la comida me pareció normalita, no hubo nada que me volviera loca, pero excepto una gelatina insípida que no me gustó, en resto era aceptable y me lo comí todo. Te quedas bien, pero no son grandes cantidades a pesar de ser muchos platos.

Una vez que acabamos llamamos a Juice y le dijimos que ya queríamos marcharnos. No tardó ni 2 segundos en venir y acompañarnos a la salida, haciendo él de locomotora.

Cuando sales, tardas unos segundos en acostumbrarte de nuevo a la luz, la verdad que es difícil imaginar una vida perpetuamente a oscuras.

Después de terminar, te dan un cuestionario para valorar la experiencia y te enseñan el menú de lo que has comido. Eso de que se come por la vista no puede ser más real, porque tenía todo un pintón y unos nombres que ya sin probarlo te apetecía te apetecía e incitaba a comer. Le hice fotos pero no las voy a poner, para no fastidiar el factor sorpresa si alguien decide ir, aunque supongo que irán variando el menú.

Nosotros reservamos y pagamos por Internet, porque hacían un poco de descuento y además, asegurábamos la reserva. No es nada caro, 25€ persona con IVA e impuestos de servicio incluidos. La bebida la pagas allí aparte, pero son precios normales. El restaurante es “pork free” pero se puede beber alcohol.

Tras eso, al hotel. Último montaje de mochila, y al día siguiente, a nuestra hora preferida de levantarnos, las 5.30, emprenderíamos rumbo a casa. Nos esperaban unas 20 horas de viaje por delante entre pitos y flautas…

Termino de escribir estas líneas en el avión que vuela de Doha a Madrid. En unas pocas horas aterrizaré en casa habiendo vivido una experiencia maravillosa y excitante, con sus aventuras y desventuras, pero muy enriquecedora en todos los sentidos. Tan solo estoy triste por no haber tenido más tiempo para ver más cosas y disfrutar un poco más de todo lo que Asia ofrece pero, el tiempo es finito.

Triste porque se acaba pero contenta de regresar a casa. Este continente tiene mucho que ofrecer y seguro se m que volveré, y no es una amenaza! I love you Asia, I’ll miss you!

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Y ahora, a pensar ya en otro enredo que me mantenga ocupada la mente en lo que me recupero de la depresión post vacacional, creo que me voy a apuntar a un maratón 🙂

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