Budapest (1a parada)

Este año, descartado Perú por temor al Zika e Indonesia por ser un país demasiado grande para tan poco tiempo, decidimos hacer las vacaciones desde Budapest (Hungría) hasta Dubrovnik (Croacia).

Alentados por la cerveza barata y la belleza de la ciudad, merecía la pena hacer una primera parada en la capital húngara, aunque la idea inicial fuera recorrer la costa croata.

Y tanto que lo ha merecido. Budapest es una ciudad PRECIOSA. Tanto que al final alargamos la estancia un día. Hemos estado visitando esta ciudad monumental 3 días completos, y aún se nos han quedado cosas por ver, aunque 15 km diarios andando dan para ver mucho.

La primera noche tuvimos problemas para encontrar el apartamento que habíamos reservado por booking, lo cual era muy estresante dado que llegamos a la 1 y no sabíamos muy bien donde nos había dejado el minubus del Transfer del aeropuerto. Al final la sangre no llegó al río y tras comunicarnos con el dueño vía WhatsApp nos acomodamos en el apartamento, super céntrico y muy bien situado en la zona de Pest, casi a orillas del Danubio.

Si viajáis a Budapest, mi recomendación que lo hagáis en la zona de Pest, ya que es la zona más animada y donde está toda la vida nocturna, restaurantes, cafeterías, etc.

El primer día fue un poco bajón porque nos cayeron literalmente chuzos de punta. Todo el día lloviendo. MUCHO. Aún así fue un día muy aprovechado y visitamos varios de los puntos de interés más importantes como la Ópera (con un mini concierto incluido), la Sinagoga (a pesar de ser la más grande de Europa y ser bonita, es una visita cara y para mí, prescindible si no se dispone mucho presupuesto) y el puente de las cadenas por la noche (que estaba a pocas calles de nuestro apartamento) y el Parlamento (para mí lo más bonito e impresaionante de toda la ciudad). También nos dejamos caer por dos los ruin bar más famosos de la ciudad, Fogashaz y Szimpla Kert.

Basílica de San Esteban

Basílica de San Esteban

Basílica de San Esteban

Ópera de Budapest

Interior de la Ópera de Budapest

Interior de la Ópera de Budapest

Escaleras de la Ópera de Budapest

Interior de la Ópera de Budapest

Sinagoga (la segunda más grande del mundo)

Cementerio dentro de la Sinagoga

Árbol de los Héroes

Parlamento

Vista del Parlamento desde la otra orilla del río, en Buda

Puente de las cadenas

Los ruin bar son una suerte de pubs decorados con objetos reciclados, tipo palets para hacer mesas, algunas chatarras (en el Szimpla te puedes sentar en un coche cortado por la mitad) y están pintados con graffitis. Todo muy punk pero si final no deja de ser postureo porque está mega lleno de turistas. Es a Budapest lo que el ya desaparecido Tacheless a Berlín. Pero merece la pena. Hay música en directo y muy buen ambiente en unas terracitas de lo más agradable. Te sirven cerveza barata y la verdad es que mola. Yo recomiendo el Fogashaz, aunque el Szimpla es mucho más grande, está mucho más concurrido y tiene más de todo. 

Fogashaz ruin bar

Fogashaz ruin bar

Szimpla Kert ruin bar (en la oscuridad que se aprecia bien poco)

Szimpla Kert ruin bar, vista desde el piso de arriba

El segundo día amaneció con Lorenzo brillando en todo lo alto, así que este día lo dedicamos a las famosas termas de la capital, aprovechando para pasear por la avenida Andrassy, declarada patrimonio de la Humanidad (y no me extraña) y que desemboca en la plaza de los Héroes, otra de las visitas obligadas en esta capital Europea. 

Plaza de los Héroes

Pasamos toda la mañana en la que se supone es el mejor balneario de la ciudad, el Szechenyi, aunque también el más turístico pero está muy chula. 

Tiene 3 piscinas al aire libre, 2 de agua caliente y una para nadar. Una de ellas mola porque tiene una piscina giratoria en el centro (que en realidad no es más que corrientes de agua). Mola. En el interior hay un montón más de piscinas a diferentes temperaturas y varias saunas que habrás de compartir con tropecientas personas, eso sí.

Entrada a las termas

Piscina exterior, la que cuenta con la giratoria en el centro

Es una experiencia curiosa a la par que relajante meterte en una piscina al aire libre con el agua a 38°, en verano, pero en invierno debe de ser la caña bañarte mientras nieva. Ahora que prepárate al salir agua… Menos mal que los/as húngaros/as tienen pinta de ser tíos/as duros/as!

Como se nos hizo tarde acabamos comiendo una especie de bocadillos LAMENTABLES y un bollo más reseco que el desierto sentados en un portal. Al menos regamos bien con medio litro de cerveza local.

Eso que sale es una especie de pasta de almendras

Con choco por el centro, este sí muy bueno


La tarde la dedicamos a pasear por la isla Margarita (paraíso runners de Budapest) y a planificar cómo nos íbamos a ir de Budapest hasta nuestro siguiente destino (todavía por decidir).

La noche no dio mucho de sí porque vino a visitarme mi amiga “la infección de orina”. Entré un poco en pánico porque quien las haya sufrido sabe que te puede joder un viaje, estaba solo al principio y además en un país extranjero. Tenía pensado llorar en una farmacia para que me vendieran antibiótico, aunque sabía que no iba a ser fácil, pero como era de noche no encontré ninguna abierta.

Esa noche nos fuimos a la cama con los lunis y yo muy agobiada y puteada. Dormí fatal, pero al menos me levanté mucho mejor.

No me quisieron vender antibiótico (como era previsible) así que a cambio me dieron un jarabe de sabor indescriptible que sumados a los 25 litros de agua que me he bebido (con los consiguientes euros que me he gastado en mear, casi más que en beber) ha hecho su efecto, porque han pasado tres días y estoy ya al 90℅ (no me termino de recuperar pero estoy mucho mejor).

Tras el tercer desayuno fallido (no acierto con los bollos húngaros), fuimos a la estación de buses a gestionar el cambio de ciudad. 

Se barajó Liubliana (capital de Eslovenia), pero nos alejaba bastante de la ruta y como no tenemos muchos días, al final nos decantamos por Zagreb.

Como los buses eran carísimos, había a pocas horas (dos al día y a malas horas),y tardaban una eternidad, al final gestionamos un blablacar, aunque era un poco tiro al aire porque no es como en España que lo pagas de antemano y reservas, aquí te has de fiar del conductor.

Más o menos solucionado el viaje nos dedicamos a visitar la otra parte de ciudad, Buda, que solo habíamos visto. Esta zona Es dónde está el castillo, que es en realidad un museo (ahora albergaba una exposición de Picasso), la iglesia de San Matías y el bastión de los pescadores (no se podía visitar por dentro, pero por fuera es sumamente bella) y la colina de Buda, donde está la estatua de la libertad.

Castillo de Buda iluminado por la noche

Desde todos estos monumentos se pueden obtener unas vistas impresionantes de Budapest, con todos sus impresionantes edificios alzándose majestuosos a una y otra orilla del Danubio, un regalo para los ojos.

Para comer decidimos ir al Mercado Central, donde hay varios puestos de comida tipo street food en la parte superior. El mercado es un edificio muy bonito que merece la pena visitar, además también se pueden comprar los típicos souvenirs, pero la verdad que en cuanto a comida no lo recomiendo. 

Tienes que comer de pie o en una mesa a compartir en el mejor de los casos, en un pasillo estrecho llenísimo de gente. Le comida es cara (casi más que un restaurante) y de dudosa calidad. Todo super grasiento y con una pinta regulera. Casi te sale a cuenta irte a un restaurante y es lo que hicimos nosotros.

Justo al lado del mercado había un restaurante húngaro muy tranquilo y bien de precio en el que nos tomamos el famoso Gulash (sopa con patatas, zanahoria y carne con un toque picante), que te sirven con pan para poder mojar bien, y una crema berenjenas que hasta la fecha, es lo mejor que me comido.

En mi opinión, la comida deja bastante que desear. El Gulash me sabe un poco a patatas a la riojana y lo demás son salchichas, pollo paprika y en general comida muy pesada y sin mucha gracia. 

La verdad que en lo que llevo viaje estoy comiendo mucha mierda fast food y soy un poco infeliz en ese sentido pero bueno, tengo que ceder un poco en algunos aspectos, ya volveré a la dictadura de la ensalada a mi regreso…

Por la tarde volvimos a subir a la colina y, tirados el césped, pudimos ver un bonito atardecer. Después de eso, vuelta a los ruin bar y a despedir Budapest como se merecía.

El jueves, último día, solo dio para hacer las mochilas (que como siempre, encogen cada vez que las haces y eso que llevan exactamente mismo) y a buscar el punto de encuentro del blabla (que nos pillaba algo alejado).

Para cumplir tradición, también me hice mis 5 km de rigor en suelo húngaro (por aquello de correr en cada país que piso, siempre que puedo), corriendo a orillas del Danubio en la parte de Pest. Tras la ducha, mochila a la espalda y a por el siguiente destino.

Estuvimos haciendo tiempo en un centro comercial que había justo al lado de la gasolinera en la que habíamos quedado con Mina, nuestra conductora, y allí me pude comer la primera ensalada del viaje que me supo a gloria bendita. 

Cómo había quedado algo de dinero (unos 15 euros) entré a un supermercado a comprar cosas que hicieran falta para no dejarnos ese dinero que en Croacia no nos iba a valer. La idea era dejar algunas monedas de recuerdo pero yo no sé cómo leches lo hice, el caso es que clavé la cuenta hasta el último florín. A cero, no una triste moneda, cuenta exacta y eso que no sabía bien el dinero que teníamos. En fin, crack que es una 🙂

Un poco con la mosca detrás de la oreja (por si no aparecía la susodicha) llegamos a la gasolinera y allí nos encontramos con Mina, una griega estilo Yola Berrocal que había llenado su Renault Traffic con 8 almas de 6 nacionalidades diferentes, a  22 euros al cambio por cabeza, para un viaje de 3,5 horas. Echen cuentas de si el blabla puede llegar a ser negocio o no, pero bueno, no me quejaré que a nosotros nos salvó el culo.

Y ahí estábamos, 2 perroflautas checos, 2 salvajes neozelandeses, un colombiano, una griega, una israelí y dos españoles (con el peor inglés de todos). Parecía un poco como el chiste.

A pesar de que iba delante y mi compi era muy grandota, el viaje no fue incómodo. Además como Mina le daba zapatilla, llegamos rápido a Zagreb.

Hubo un momento algo tenso al cruzar la frontera porque a la checa le pareció muy buena idea viajar con el pasaporte caducado y sin DNI, aunque según ella en su país le habían dicho que no pasaba nada. Tras tragar todos saliva y después de negociar un poco con guardias del paso fronterizo le hicieron una prórroga de 5 días para Croacia, espero que no tuviera pensado alargar mucho su viaje…

Mientras tanto, Iván, había reservado otro céntrico apartamento para dos noches en Zagreb. Hubiera pagado por escuchar la mítica conversación telefónica que mantuvo con el dueño por teléfono, jajaja (yo iba delante y el detrás del todo). 

Por fin, a las 18.30 pisábamos suelo croata en la capital, Zagreb. A pesar de que habíamos oído que la ciudad no tenía nada que ofrecer y, de hecho, queríamos saltárnosla, la primera impresión fue muy buena. Pero eso ya es otra historia…

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