Días 8 y 9: Boquete y volcán Barú

Como esta noche queremos subir al volcán el día tiene que ser muy tranquilo, ya que por lo visto la subida es muy exigente. Así que preguntamos en el hotel algo suave para hacer, y nos recomiendan hacer el sendero Landau, que tiene una pequeña catarata al final del recorrido.

Cogemos de nuevo el bus que va a Alto Quiel y una vez llegamos al sendero nos toca abonar los 3$ de la entrada (aquí no paran de sacarte el dinero por todo, aunque si es para cuidar la naturaleza me parece bien) y nos adentramos una vez más por la selva.

Este recorrido es sencillo, 1 hora de ida y otra de vuelta, por un camino angosto y frondoso, pero de poca dificultad porque no está muy empinado. Al final hay una cascada bonita. Nos tomamos unas fotos y en la vuelta tratamos de encontrar al perezoso que nos han dicho que hay en un árbol, pero sin suerte, no logramos encontrarlo.

De vuelta al pueblo fuimos a comer al Sabrosón, un sitio de comida local muy buena y a comprar la cena para la noche en el super, porque hoy cocinaremos nosotros en lugar de salir por ahí, algo de pasta que nos rellene bien los depósitos de glucógeno para la subida. Una siesta, unas cervecitas para relajar y a las 21 nos ponemos a hacer un buen plato de pasta de comedor de colegio, pero que cumple su función.

A las 23.15 bajamos a la recepción del hotel donde nos recogería el transporte que nos llevaría al punto de partida del ascenso, y ahí había 3 jovenzuelos alemanes equipados hasta las cejas con sus mochilas y botas de montaña, cuellos vueltos, forros polares y chaquetas de abrigo. Del otro lado estábamos nosotros, en manga corta, Iván con su mochila de montaña y yo con la de hilo que me dieron en el maratón de Madrid, mi Asics tri Nosa 9 que han vivido ya más que yo, él con las NB reventadas que usa para ir a currar y una camiseta fina a modo de abrigo arrugada en la mochila. Yo con mi cortavientos del maratón de Sevilla y una chaqueta de punto que me traje para no pasar frío en el aeropuerto…

A priori, el tema está algo descompensado, pero bueno, hablaremos en la montaña 😉

Cuando el conductor nos dejó en la ladera de la montaña eran las 00 de la noche. El tiempo estimado de subida que nos habían dicho era de 6 horas para completar los casi 14 km de ascenso, y poder ver el amanecer en la cima a las 6.20.

Los alemanes salieron un poco antes que nosotros y se pusieron en cabeza. Pensamos que tenían el hipotálamo estropeado porque, aparte de las 200 capas de abrigo, se pusieron un gorro de lana nada más empezar. Y os aseguro que para nada era necesaria tanta ropa. Lo de Iván en manga corta quizá era exagerado, pero yo con manga corta y cortavientos iba bien, y te sobraba todo porque los primeros 500 m de ascenso ya prometían mucho sufrimiento.

Nos pusimos los frontales que compramos en la tienda de al lado y empezamos a subir en la oscuridad total de la noche con un ritmo fuerte, a los 300 metros ya habíamos adelantado a los alemanes. 

El camino de ascenso era un sendero ancho de tierra y piedras, todo el rato para arriba y con con sucesivos tramos con un fuerte desnivel, pero fuerte. Excepto dos cuestas abajo que había en el recorrido y algún pequeño respiro con algunos metros más llanos, la subida fue mucho más día de lo que imaginaba. Cuando alumbrabas para arriba y veías lo que venía a girarcontinuación te daban ganas de llorar. Creo que hacerlo de noche, al no ver mucho, ayudaba a que no te hundieras tanto. 

Nos fuimos turnando el mando en la ascensión, cuando uno estaba en horas bajas le pasaba el relevo al otro, y así fuimos sumando km con algún breve descanso para comer algún fruto seco, una gominola, beber agua o tan solo recobrar el aliento. Un momento de subidón fue el cartel que nos indicaba que ya solo quedaban 6 km para la cima, eso nos dio fuerzas para seguir manteniendo el ritmo.

Tras un muy intenso final, con una subida con un fuerte desnivel, hacíamos cima a las 4.20, más de hora y media antes de lo previsto. Arriba el paisaje es feo. Es una explanada llena de antenas y unas casetas de piedra que no sé para qué están ahí, pero nos han prometido unas vistas espectaculares del amanecer, y no sé si uno de los pocos puntos en el planeta en el que poder contemplar dos océanos a la vez, de un lado el Atlántico y del otro el Pacífico.

Como llegamos tan pronto, no todo Iban a ser ventajas. Hacía un frío de mil demonios (no debía de haber más de 3 o 4°) y no íbamos nada preparados. Me puse una camiseta fina que llevaba y le dejé mi chaqueta de punto a Iván. Además, utilizamos los chubasqueros a modo de abrigo para no fenecer… 

Buscamos un pared que nos resguardarla del viento, nos sentamos en unos ladrillos y acurrucados nos comimos unos sándwiches y un plátano para reponer fuerzas. Y ahí, muertos de frío, con los pies y las manos congeladas, pasamos hora y media esperando el amanecer. Para que no se hiciera tan pesada la espera vimos un capítulo en el móvil de Sons of anarchy y así se fue acercando la hora del amanecer.

A las 5.50 ya empezaba a clarear, y tras unos 20′ de espera pudimos disfrutar del amanecer más espectacular de nuestras vidas. Mereció la pena el sufrimiento y además tuvimos mucha suerte, ya que estaba despejado y la visibilidad era buena. Mucha gente tiene la mala suerte de no ver nada porque está todo cubierto de nubes, pero la naturaleza fue generosa con nosotros 🙂

El Pacífico al fondo

Amanecer en la cumbre con el Atlántico al fondo

Los alemanes llegaron como a las 6 de la mañana, así que con mucho orgullo español podemos decir: España 3- Alemania 0 XD.

Después de hacer unos 3 millones de fotos y estar de pie unos 30′ extasiados viendo la salida del sol, subimos a la verdadera cima del volcán, el eje geodésico que corona toda cumbre que se precie, a unos 100 metros más arriba.

Iniciamos descenso a 6.45 y llegamos a la caseta de entrada a las 10, así que otro descenso frenético más por ganas de llegar abajo que por fuerzas. Si la subida es dura, la bajada te hacía poco los gemelos de tener que ir frenándose todo el rato. Cuando ya con luz ves todo lo que has subido, flipas un poco porque está bien empinado y sin fuerzas ya te parece un mundo.


Tras pagar los 5 euros de la entrada (ya que por la noche no había nadie) nos encaminamos al bus que eran otros 20′ carretera abajo. Un poco hundidos ya y exhaustos, tras unos 15′ andando nos paró un taxi colectivo, que quiere decir que te cobran lo mismo que el bus pero hacinan a toda la gente que pueden. Porque después de subir nosotros, fuimos carretera arriba a buscar más gente y nos encontramos a los alemanes que subieron con nosotros, haciendo un total de 6 personas en el taxi, unos encima de otros, muy seguro todo. A pesar de esa laxitud he de decir que los panameños son muy buenos conductores, así que bueno, cosas de las circunstancias.

Derechitos a la cama y más o menos a las 18 nos levantamos para ducharnos, nuestras rondas de cervezas, comprar el famoso café boqueteño e ir a celebrar la coronación con un excepcional ceviche y las mejores hamburguesas panameñas hasta la fecha en sitio que recomiendo, Fusion J&B. Y aún sigo flipando con la amabilidad de la gente de aquí, es que es un pasote lo bien que te tratan todos, y no son nada pillos, son muy legales en cuanto a tema de precios, así que te relajas y mola. Aunque son en general más lentos que el caballo del malo para servir, que todo hay que decirlo.

Esta cena tan buena me hizo olvidarme del robo del yogur. Dos días seguidos abriendo mi bolsa en la nevera comunitaria y rrobándome yogur con la pinta más deliciosa que jamás antes he visto en un yogur. De verdad que al segundo robo le deseé tantas maldiciones que ese cabrón/a está vivo es de milagro. Y lo peor de todo es que me he quedado sin probar el puto yogur y si algún día soy madre le saldrá un antojo en forma de yogur. Al malnacido ladrón hasta le escribí una nota deseándole terribles diarreas, pero me parece que no lo vio, y se comió mis dos yogures y tuve que volver a desayunar un pancake al día siguiente…

A pesar del disgusto del yogur, estaba tan cansada que no odio me quedaba ya para desearle al ladrón, y como a las 21 y poco caía rendida y con los gemelos el coma. A todo esto mañana es día de viaje y aún no he podido salir a correr. Good night!

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