Días 10, 11, 12 y 13: Bocas del Toro

Como ya nos estamos volviendo un poco pijos y tampoco es que hayamos venido aquí a padecer, hemos contratado otro shuttle para que nos lleve a Bocas, en unas 3,5 horas por 25$ persona incluyendo la lancha a Isla a Colón.

Salimos temprano, a las 8. Da gusto ver la eficiencia de la gente aquí. Todo muy bien organizado, con las mochilas identificadas, tu pulserita… Bien.

Una vez llegados a Bocas, hicimos el transporte en lancha a Colón, que era la isla más poblada y con más vida del archipiélago, y de ahí fuimos a buscar alojamiento. Como teníamos buenas referencias de Mamallena (a pesar del robo del yogur) fuimos directamente a buscar allí, aunque en Boquete nos habían dicho que no tenían habitaciones privadas, pero sí les quedaba una, que era para 4 pero nos la dejaron a nosotros por 60$. A todo esto, tras preguntar en el hostal en Boquete y a unas españolas que venían de Bocas por la Malaria, decidimos que no vamos a tomar el Malarone, porque pese a lo que nos dijeron en España, parece que no hay aquí.

El hostal Mamallena tiene un porche espectacular abierto al mar, y está casi mejor que el de Boquete, con un bar, un billar, hamacas, cocina limpita y todo en general muy agradable. La habitación también está muy bien, aunque no hay agua caliente (pero tampoco es que haga mucha falta) y tenemos hasta un balconcito privado con vistas al mar ( y a una hormigonera, que todo hay que decirlo). 

Como ya era un poco tarde, después de instalarnos (que consiste básicamente en sacar la ropa mojada de la mochila y airear un poco las prendas y desparramar todo por la habitación) nos fuimos a dar un paseo por las playas más cercanas al hotel, aunque en recepción ya nos avisaron de que por ahí cerca no había ninguna maravilla. Estuvimos andando como hora y pico y la verdad que las playas cercanas no tenían mucho que ofrecer. Estaban sucias, y con muchas algas. Así que bueno, no nos llegamos a bañar y tras la vuelta de reconocimiento iniciamos la ronda de tardeo, abrasé a la recepcionista a preguntas sobre qué hacer por allí,, nosmos un capuchón en el muelle del hotel, que aunque no es playa tenía el agua limpia y por abajo había hasta estrellas de mar. Luego cena y a dormir, que los días de viaje son cansados.

Red Frog Island

El segundo día decidimos hacer una excursión a Red Frog Island por nuestra cuenta. Desayunamos tostadas con tomate y aceite de oliva y yogur (desayuno mediterráneo al fin) que compramos en el super (aquí todos los supermercados son de chinos, y algunos mini super incluyen farmacias, raro pero sí) y nos fuimos hacia el muelle que llevaba a la isla.

Como estamos en temporada baja, un rasta muy majo (aquí en el Caribe la gente es más negra que en Pacífico y también se lleva un poco más el reggae, aunque en general la música es Latina, con predominio absoluto de canciones que hablan sobre hacer el amor). El chico nos llevó por 8$ persona al muelle de la Isla, por el sitio por el que no había que pagar una entrada de 5$ (ya he hablado de que aquí se paga por todo, no?) y por este otro camino, que había un hotel, tenías que andar unos 10-15′. Pero como no podía ser de otra forma nos perdimos, así que unos obreros que andaban trabajando por allí nos acercaron amablemente a la playa en su camión.

La playa más famosa es Red Frog, que es la que da nombre a la isla y se llama así porque allí habita la famosa pequeña rana roja venenosa. Aunque es más difícil de ver que un unicornio porque quedan más bien pocas. La playa es la típica playa caribeña de agua turquesa y arena dorada, con muchas palmeras y vegetación. Allí tienen también un restaurante para comer y tomar algo. Pero en mi opinión, la mejor playa es playa Tortuga. Es del mismo corte, pero el agua está más tranquila y es más bonita. Por último nos hablaron de playa polo, según los obreros la mejor de las playas que debía estar como a media hora andando, por la arena o por senderos entre la selva. Caminamos un montón como suele ser habitual en nosotros y lo cierto es que al llegar nos sentimos algo decepcionados. Una playa muy salvaje pero con mucha roca y el agua algo movida. Además había alguna que otra medusa e Iván casi se come una de lleno. Como el agua es tan clara me pareció ver una bolsa de plástico que se acercaba hacia él, hasta que me di cuenta de que era una medusa de tamaño considerable. No es que te vayas a morir, pero como todos los sitios están casi vacíos, y no hay personal de socorro ni nada, pues no es lo más ideal que te pique algo. Esa es otra de las cosas que más me están molando de aquí. Estamos pudiendo disfrutar de todos los paisajes prácticamente en soledad, y a veces literalmente, sin aglomeraciones, sin niños dando por saco (me gustan mucho los niños, pero hay que reconocer que son molestos a veces) y a precios más asequibles, que no me quiero imaginar en temporada alta. El tiempo nos está respetando mucho, excepto un par de días, y aunque hace más calor que en otras épocas es perfectamente soportable.

De vuelta a Red Frog solo nos dio tiempo a hacernos una Balboa servida por el camarero con más flow de todo Panamá,y desde el mismo hotel nos llamaron un transporte para que viniera a por nosotros (esto cortesía de la casa) que nos dejó en el muelle. Allí vino a recogernos puntal el chico del bote a las 15 y de vuelta a la isla.

Por la tarde estuvimos cerveceando en nuestro hostal (y ya no sé ni las que llevo) que se está en ese sitio que es gloria bendita y por la noche, 4 años de ganas después, a comer langosta en un restaurante junto al mar, bieeeeen. Aquí te puedes comer una langosta por entre 12 y 25$. A nosotros nos costó 25, pero comparado con España está tirado. Para mi gusto estaba algo seca, y es que tienen la costumbre de cocinarlo todo demasiado, pero aún así, un auténtico manjar.

De camino al hotel nos encontramos con mucha expectación en un bar de deportes, y es que era el día del combate entre Mayweather y McGregor. Estaba el garito hasta los topes de extranjeros y lugareños ansiosos de ver el combate de boxeo del siglo. Y nos lo pasamos muy bien! Yo, que no tengo ni zorra de boxeo, vibré casi tanto como cuando vi Rocky, y la verdad que estuvo guay. Al final ganó mi favorito (sin conocer a ninguno me caía mejor “el abuelo”), y bueno, parece ser que estaba cantado, pero aún así fueron 10 rounds emocionantes. Y ese fue el único día de las vacaciones que me he acostado después de las 00 en un alarde de locura total.

Excursion a Cayo Zapatilla

Para nuestro penúltimo día en la Isla contratamos un tour a Cayo Zapatilla, un pequeño Cayo perteneciente al parque de Isla Bastimentos, muy chulo por lo que nos habían dicho. Tratamos de ir por nuestra cuenta, pero no merecía la pena porque por tu cuenta ya te salía unos 30$ e ir hacia allí por tu cuenta era un poco más rollo. Así que aunque no somos fans de los tours, parece que en este caso era la mejor opción.

La excursión costaba 35$ por persona e incluía avistamiento de delfines, visita a la isla de los perezosos y jardín de estrellas de mar, snorkel y 2 horas en el cayo por libre.

Ya la cosa empezó regular porque se olvidaron de venir a recogernos al muelle del hotel y tuvimos que llamar un par de veces. Salimos tarde y la verdad que parecía todo un poco desorganizado. Nuestro capitán tampoco parecía muy espabilao y eso te daba una seguridad regular.

El avistamiento de delfines en la bahía fue también fallido, pero luego de camino sí que pudimos ver a muchos delfines juguetones. A mí no me importaba demasiado no verlos porque ya los vi en Coiba, pero siempre mola ver a esos bichicos. Después fuimos a hacer el snorkel que fue una auténtica porquería. La visibilidad del agua era fantástica, pero nos soltaron un una zona de algas donde había 3 peces contamos y pepinos de mar. Un ful. Y las gafas de buceo malas y con más mierda que el palo de un gallinero…

Tras esto nos encaminamos a Cayo Zapatilla. Y aquí la cosa ya se empezó a poner fea. Empezó a soplar la brisa en palabras de ellos, vendaval en las nuestras. El mar estaba super movido e íbamos dando saltos super bruscos sobre el agua, se nos rompió la lona que cubría el techo del aire y se soltaban los palos que formaban la cubierta, teníamos que ir sujetándolos para que no se cayeran. Además se puso a llover a mares y la lluvia te hacía hasta daño en la piel con la fuerza del viento. La gente se empezó a mosquear y a decirle que diera la vuelta, pero el tío nos llevó hasta el Cayo en un viaje demencial en el que llegué a temer que se nos partiera en dos la barca.

Una vez allí seguía lloviendo mucho, así que nos refugiamos en una especie de merendero que ya estaba repleto de gente de otras excursiones (que todas habían llegado antes que nosotros). Finalmente paró un poco de llover y pudimos caminar por la isla, rodeada de playas de postal, con arena blanca y agua transparente. También había unos senderos por el interior que discurrían entre la selva y por los que podías pasear. Al final estuvo muy bien poder haber ido allí y disfrutar de esos paisajes. 🙂

Tras esto, nos encaminamos a comer a un restaurante que había cerca de donde hicimos el snorkel. Durante el trayecto, el capitán decidió que lo mejor era quitar la cubierta del barco con la lona rota para evitar algún accidente, pero lo cierto es que eso era casi más peligroso quitado, porque los palos que la sujetaban quedaron expuestos directamente a las personas que estaban en la primera fila. Así que después de comer, unos portugueses muy voluntariosos que iban en la excursión le dijeron al capitán que le ayudaban a montar la cubierta de nuevo, porque se había puesto a llover otra vez y hacía algo de frío. Los ánimos estaban un poco caldeados, pero lograron montarla y arreglar la lona y parece que se calmó la cosa.

Como últimos puntos de la excursión fuimos a la isla de los perezosos, donde solo logramos ver a uno, pero bueno, lo vimos y luego a ver las estrellas de mar, que ahí sí que había un montón.

El viaje de vuelta a Colón fue bastante tranquilo, así que aunque en algún momento pensamos en quejarnos, se nos pasó el enfado y lo dejamos estar, porque el día estuvo chulo al final.

El resto del día lo de siempre, beber y comer y a dormir, que mañana es nuestro último día en Bocas 😭😭😭😭. 

Bocas del Drago y Playa Estrella

A pesar de que hoy ya nos marchamos hemos decidido aprovechar el día, porque esta noche viajaremos a Panamá el bus y dormiremos en el trayecto. 

Hoy he madrugado para correr mis únicos km en territorio panameño. 5 km a las 7.30 por una carretera compartida con coches y bicis que me han servido para sudar a mares y joderme el dedo gordo del pie, que se ha llenado de líquido debajo de la uña y me duele a morir. 

Al llegar al hotel ducha, montamos las mochilas y las dejamos en recepción parar poder ir a visitar la famosa playa estrella.

Para eso tenemos que coger un bus a Bocas del Drago y de ahí caminar a playa Estrella. Son 45′ de trayecto y 5$ por ida y vuelta. Me gusta que aquí la gente es muy legal y cumplida. No sientes que engañen en ningún momento y además puedes confiar en que si te dicen que te recogen a una hora lo van a hacer, aunque hayas pagado por adelantado.

Cuando llegamos a la playa nos pareció un pasote. Bocas del Drago es otra playa de postal caribeña, preciosa y limpia y desierta. Pero playa Estrella es ya la leche. Como su nombre indica está llena de estrellas de mar en la misma orilla y te puedes bañar con ellas, eso sí, sin tocarlas ni cogerlas ni nada. De hecho sentí mucha vergüenza ajena y propia porque el único subnormal que cogió una estrella y la sacó del agua fue un español. Y encima cuando se lo recriminaron dice “ah, que no se pueden coger?”. Cómo si no lo supieras, gilipollas, además de que estaba todo lleno de carteles dónde se dice claramente que no se puede. 

Esta playa sí que era un paraíso. Agua clara, arena dorada, no cubría, calentita, te podías tomar las cervezas dentro del agua… Lo mejor!

Playa Bocas del Drago

Con una pena que nos moríamos a las 13.30 emprendimos el camino de regreso porque nos teníamos que ir ya, habíamos quedado a las 14 con el del bus. 

Una vez llegados al pueblo de Bocas comimos en un sitio genial de comida criolla caribeña llamado Patúa, donde por 5$ te daban un plato de arroz, ensalada, pollo en salsa y los mejores patacones que me comido hasta la fecha, y gigantes! Además incluía un batido de piña delicioso en el precio. Aparte de eso un ceviche (el reglamentario de cada día -me muero de amor con el ceviche-) con dips caseros y láminas de plátano frito. Un espectáculo todo. Solo reseño los sitios memorables de comida y este lo es. Me da pena porque nos dijo el chico que la temporada estaba muy baja y que tenían que cerrar porque no podían hacer frente al alquiler, que hasta diciembre no volverían a abrir. Y espero que les vaya muy bien porque la comida es genial.

Después de comer fuimos a recoger las mochilas, nos hicimos un lavado en seco como pudimos, quitarnos un poco de arena, lavarnos los dientes, fuera ropa mojada, y bien saladitos a empezar el periplo de regreso a ciudad de Panamá, pero eso ya lo dejo para otro post 🙂

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