Camino primitivo de Santiago

Estoy viajando en el tren, camino a mi casa en Madrid, después de haber pasado 13 días en esa especie de burbuja que es el camino de Santiago. Y me apetece dejar por escrito cómo me siento y plasmar un entusiasmo que posiblemente en unos días, de alguna forma se diluya. Para no olvidarme, o para recordarlo cuando lo necesite.

Mucho se ha oído hablar de la experiencia que supone realizar la peregrinación que culmina en la plaza del Obradoiro, en la Catedral de Santiago, desde diferentes puntos de España. El camino de Santiago por antonomasia es el camino francés, el que parte de Saint Jean Pied de Port y cuyo trazado atraviesa varias ciudades monumentales a lo largo de sus 900 km más o menos.

En mi caso, por falta de tiempo, y por ganas de evitar un camino que quizá haya perdido parte de su esencia debido a su excesiva masificación y “turistificación”, me decidí a realizar el camino primitivo, la primera ruta de la cual se tienen referencias históricas, la que siguió el rey Alfonso II de Asturias para visitar la tumba del apóstol Santiago. No podría haber elegido mejor. 321 km que recorren las montañas asturianas y parte de las gallegas, en unos paisajes de indescriptible belleza.

Fui huyendo de la gente, buscando una soledad que necesitaba. Y eso encontré. Entre el 22 de febrero y el 4 de marzo tuve la inmensa suerte de recorrer esos parajes en absoluta soledad. Todo un regalo que pude disfrutar con buen tiempo, 7 días en los que recorrer las pistas y senderos con la única compañía de los animales que me encontraba al paso. Caminaba sola, dormía sola en los albergues y compartía mis historias con hospitaleros, camareros y gentes diversas del lugar. Todo y nada que hacer. Solo caminar y pensar. O no pensar. Y disfrutar.

Hasta la sexta etapa no coincidí con nadie en los albergues, y aún así seguía caminando sola. Y cuando empezó a llover seguí caminando sola. Y cuando nevó seguí caminando sola. Y subí sola a Hospitales (ahí con un Sol radiante), y todo el mundo me decía que no lo hiciera. Menos mal que no les hice caso. Mi mayor regalo en este viaje.

Ni caminar mojada, con dolor en los pies, con los pies mojados y barro hasta el tobillo. Ni haber olvidado comprar comida… Nada me agrió el carácter esos días maravillosos de paz y de pura conexión con la montaña y la naturaleza. Sin TV, sin redes sociales, sin ver las noticias.

Me quedo con la gente que conocí, que me cuidó y que se preocupó por mí. Que me aconsejaba qué hacer para que disfrutara, que se sorprendía de que hiciera el primitivo sola y en invierno, pero que aún así me animaba. Gente cariñosa, gente interesante, gente también rara, pero todos me aportaron y me enseñaron.

Y sin desmerecer a Galicia, puxa Asturies. Para mí, no hay color. En cuanto a paisajes y calidez humana. Pero ojo que en Galicia también me han tratado genial.

Y me quedo con lo que aprendí, con lo que conocí, y con lo que el camino me ha enseñado a valorar, que es mucho.

Llegar a la meta y entrar llorando en el Obradoiro en lo de menos. A pesar de ralentizar mis pasos para hacerlo durar más, que no acabara tan pronto, es gratificante alcanzar la meta. Pero lo que vives y más disfrutas, sin duda, es el camino.

A todos aquellos que vais empezar el viaje, espero que lo disfrutéis y os disfrutéis tanto como pude hacerlo yo, ese es el mayor regalo. ¡ULTREIA!

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