Día 1 – Colombo

Hoy volamos a Colombo, bieeeeeeennnn. La compañía elegida, Saudia, nos generaba un poco de incertidumbre, porque habíamos leído que imponía un estricto código de vestimenta, más estricto para mujeres, cómo no, (que debían ir con piernas cubiertas, hombros y en general, recatadas), más laxo para hombres que podían ir en pantalón corto sin problema). Aparte de eso, la censura en las películas del avión es una realidad que se nos antoja incomprensible, pero que es implacable con escenas en las que se muestre un mínimo de carne. Por lo demás, una buena compañía, puntual, con comida correcta (aunque sin alcohol) y con un precio más asequible que el resto de aerolíneas. A tener en cuenta para futuros viajes. Tra unas 14 o 15 horas de vuelo (con una escala de menos de 2h en Jeddah) aterrizamos en Colombo, capital de Sri Lanka.

Una calle cualquiera en Fort

Mucha gente opta por viajar directamente a Negombo, una ciudad costera a pocos Km de Colombo, y con playas para darse el primer remojón. Nadie hablaba muy bien de la capital (a excepción de la guía), pero nosotros decidimos darle una oportunidad.

Realidad: no es bonita. No es turística. Y es agobiante. Pero también es auténtica y creo que merece la pena visitarla. Eso sí, no hay que dedicarle más de un día, porque no tiene nada importante que ver.

Pero Colombo es pasear por los ajetreados mercados de Pettah, comprar comida en los innumerables puestos callejeros, darte un “entretenido” paseo en tuk-tuk, negociar precios con ellos, rechazar a otros mil y mezclarte en el día a día de la gente que vive aquí.

Esto no es Bangkok, ni Hanoi ni Pho Phen. El turismo en Colombo se deja caer por cuentagotas, y no son muchos los turistas que te encuentras por la calle, aunque cada vez más.

No hay muchos sitios en los que comer comida occidental, pocas cadenas de comida occidental, diría casi que ninguna (solo vi Burger King) , y ver un café para sentarse a tomar uno es como cruzarse un unicornio por la calle. Tampoco es usual vender alcohol (aunque sí se encuentra), pero la oferta de restauración local es enorme. Si te gusta el picante, has triunfado, si no, estás más jodido.

Nosotros, nada más llegar, esquivamos a los típicos taxistas pesados del aeropuerto y decidimos coger un bus para llegar al hotel. El precio es ridículo, algo más de 1 € mochila incluida. Y aunque también teníamos opción de comprar tarjeta de datos, pensamos que es más aventura no tener internet, salvo cuando encuentras WiFi, y no andar dependiendo del móvil.

Así que allí que fuimos, dirección Fort (centro de la ciudad y dónde está la estación de tren y bus). De paso, intentamos gestionar el destino del día siguiente en tren. Barajamos varios destinos, pero no quedaban ya reservas para el día siguiente ni en 1ª ni 2ª clase, así que solo quedaba la opción de probar suerte al día siguiente. Para eso, madrugas, compras el billete desde una antes, te pones tus tope gama de running, y cuando llegue el tren te lanzas a la carrera de un asiento. En esto, más o menos sin diferencia a como ocurre en España.

Tras el intento fallido de compra de billete, cogimos un Tuk-tuk, que estábamos ya un poco cansados-abrumados, y nos fuimos al alojamiento.

Allí nos esperaba Zak, un tipo amigable que nos enseñó la habitación que habíamos reservado y nos dio la llave. Nada de lujo, pero un apartamento limpio y con cama enorme, baño bien con agua caliente y hasta una toalla! 😛

Dejamos todo y nos fuimos a cambiar dinero, comer y dar una vuelta. Tras deambular mucho por las calles, un poco ya hartos de los “amigos” qué haces por la calle que te quieren enredar sí o sí, llegamos al antiguo hospital neerlandés, ahora reconvertido en un centro donde se reúnen los mejores restaurantes de la ciudad. Tomarse una carísima cerveza en una terraza (ojo, una cerveza a casi 4 euros al cambio, en un sitio donde por eso tienes plato principal y naan, es caro) no tuvo precio. El calor y la humedad son muy intensos, y sudas a chorros literalmente.

La comida, a base de Kothu (como un pan frito con verduras y huevo) y un arroz mongol era horrorosamente picante, aunque muy buena. La lástima que cuando se te duerme la boca ya no notas el sabor…

Después de la comida estábamos un poco desmoralizados. Rotos de cansancio (sin parar después del vuelo y habiendo dormido unas 3 horas en todo un día de viaje), acalorados y cansados de dar vueltas por el mismo sitio, al final optamos por aceptar la oferta de un tuk-tukb que nos hacía una especie de visita guiada por 5$, una hora.

Y la verdad que nos arregló el día. Nos llevó a templos chulos, nos enseñó un árbol centenario, nos hicimos unas fotos con su Tuk-tuk… En fin, que estuvo entretenido. Al final nos intentó llevar al típico sitio de venta de “piedras preciosas” y enredarnos un poco con compras, pero nos mantuvimos firmes y cedió. Fue majo, así que nos dejó en el Galle Face Green y le pagamos un poco más de los acordado. Esto es su forma de vida, hay que entenderlo, no enfadarse y ser amables. Los ceilandeses son majos y muy atentos con el turista. Te ayudan, te saludan y te sonríen todo el rato.

Para cerrar el día, dimos un paseo por la costa, repleto de familias jugando y volando la cometa. Al parecer era día de fiesta (una budista que no recuerdo) y estaba todo lleno de gente. También había muchos puestos de comida, así que nos sentamos en uno a orillas del mar y a cenar a la luz de la luna (literal porque no había otra, jaja). Fue un buen fin de fiesta en Colombo, aunque nos volvieron a clavar con la cerveza.

Y como aquí anochece tan pronto, a las 20 duchada y en la cama, y ya no recuerdo haberla cogido antes con tantas ganas como esta vez.

A ver qué nos depara el día mañana!!!

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