Día 2 – Kandy

Como no teníamos billete de tren, decidimos madrugar e ir a probar suerte a la estación de Fort. Y no hubo ningún problema para conseguir billete sin reserva porque (esto lo hemos sabido después) venden billetes infinitos.

Compramos algo de comida en un puesto callejero y nos fuimos a esperar al tren con bastante incertidumbre, porque no sabíamos cómo subir en el vagón adecuado. Pero cuando llegó el tren supimos que era más una cuestión de correr y pelea encanizada por conseguir un sitio, que organización y paciencia. Yo tuve suerte y conseguí un asiento a la primera, pero Iván hubo esperar algo más. Los trenes son un tanto destartalados, con asientos viejos, ventiladores en el techo y atestados de gente. Las puertas van abiertas por ambos lados, igual que las ventanas, y lo irregular de las vías hace que vayas en traqueteo constante.

Unas 4 horas después llegábamos a Kandy, ciudad de destino, y nos lanzamos a la búsqueda de alojamiento. Aquí el turismo ya estaba mucho más presente y nos encontramos un par de sitios completos, pero la dueña de una pensión nos gestionó el alojamiento en otro sitio muy aceptable, así que nos pareció bien y decidimos quedarnos ahí.

Vistas desde nuestra habitación

Los ceilandeses son gente amable y amigable. A veces un poco demasiado, y te puedes llegar a sentir abrumado, pero si notan que no estás interesado en sus servicios no son demasiado insistentes ni se enfadan por ser rechazados, es más, te suelen ayudar igualmente. Son amables con el turista y sonríen todo el rato.

Aquí en Kandy no queríamos pasar más de un día porque vamos muy apretados con el tiempo, así había que aprovechar bien el tiempo.

La ciudad, capital de las tierras altas y enclavada entre las montañas, se organiza en torno a un lago muy bonito. Su mayor atractivo es el templo del diente de Buda, que contiene dicha reliquia y es motivo de adoración entre la comunidad budista.

Vista de Kandy desde las alturas

Nosotros tuvimos bastante suerte y llegamos en un día festivo, así que nos pilló la ceremonia en la cual se podía ver el diente, que está fuertemente custodiado y no siempre se puede ver. Es una ceremonia larga y festiva, con tambores, monjes y mucha devoción, pero solo la vimos parcialmente porque la visita a todo el complejo y museos puede demorar unas 3 horas o más. La entrada cuesta alrededor de 8 euros, pero merece mucho la pena.

Para quien no lo sepa, es obligatorio descalzarse para entrar en cualquier templo budista, y las mujeres deben ir debidamente cubiertas. También los hombres deben mostrar decoro en la vestimenta, pero no suelen poner problemas.

El resto del día, ya caída la noche (anochece entre 18 y 18.30) ya no daba para mucho más, así que nos fuimos en busca de las ansiadas cervezas, que se encuentran con cuentagotas, en un local en el que permitían fumar en el interior, así que pude transportarme a aquella época española en la que te ibas fiesta y luego todo tu ser olía a cenicero. Y eso que esta gente prácticamente ni fuma ni bebe, pero… Hay de todo, claro.

De vuelta en el hotel tras negociar un tuk-tuk de vuelta porque el hotel estaba en la ladera de una montaña (estamos tirando mucho de tuk-tuk porque son bastante legales con los precios y no hay que bregar mucho no sientes que te timen), estuvimos un buen rato deliberando el destino del día siguiente. La idea era subir los 5200 escalones de Sri Para o pico de Adán, pero con todo dolor de corazón hubo descartar por varios motivos: estamos en temporada de lluvia, la visibilidad arriba es nula, el pueblo donde se hace noche ahora mismo es un pueblo fantasma y lo peor de todo, te desvías de la ruta y pierdes como dos días en trayectos. Objetivamente, mucho sacrificio para la recompensa. Siempre me gusta subir a puntos altos del país, pero a veces hay que hacer caso al sentido común y buscar mejores opciones. Tal vez en otro momento… Así que destino elegido: Ella, una bonita ciudad de montaña en la que al menos, podremos visitar el little Adan’s peak. Y a dormir que mañana nos espera una nueva lucha por conseguir un asiento en el tren, y más de 7 horas de viaje para recorrer unos 170 km. Sri Lanka style! 🙂

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