Días 10 y 11 – Passekudah y Kalkudah

Desayunados y listos para el extenuante viaje que teníamos por delante, fuimos a hacer checkout a la recepción del hotel.

La idea era ir a Tangalla, un destino playero en el Sur de la isla. Lo malo que para llegar ahí solo teníamos dos opciones: un bus a las 18 y otro a las 21.30 que salía desde Trinco, y para llegar a Trinco debíamos andar como 1,5 km hasta la carretera principal y desde allí coger un tuk-tuk u otro de esos buses infernales que tardan eones en cubrir unos pocos km. Una vez llegados allí, teníamos que deambular con nuestros mochilones con una temperatura muy alta y la típica humedad que te hace sudar a chorros. A pesar de que a Trinco no habíamos tenido tiempo de dedicarle visita y tiene cosas interesantes que ver, la moral estaba por suelos y la negatividad en modo on, porque a todo eso había que sumarle un tiempo indefinido de viaje en un incomodísimo bus, de no menos de 10 horas…

Volviendo al checkout del hotel, casi el staff al completo se despidió de nosotros y nos tendió la mano, con la mala suerte de que en mi despiste me hizo hacerle una cobra al director del hotel. Cuando ya nos estábamos yendo, Iván me comentó lo que había hecho y la cara que había puesto el pobre hombre, así que volví, me disculpé y le di la mano.

Creo que ese pequeño gesto tuvo que ver en que el hombre se apiadara de nosotros y decidiera llevarnos en su furgoneta (comodísima y climatizadísima) a Trinco, aprovechando que debía de hacer unas compras. Nos hizo el favor de nuestras vidas. Además nos quitó la idea de ir a Tangalla. Nos dijo que allí ahora no es temporada y que ahora iba a estar lloviendo y que no lo íbamos a disfrutar, con lluvia y mar movido y turbio (en Sri Lanka hay 2 temporadas claramente diferenciadas de lluvias. Más o menos de mayo a septiembre es cuando el tiempo es mejor en la costa norte y este, en cambio sur y oeste están en pleno monzón. La temporada alta en estas últimas costas va de octubre a febrero-marzo, con tiempo seco y buen clima).

El caso es que Kiru, que así se llama el manager del hotel, nos aconsejó que fuéramos a Batticaloa, en concreto a la playa de Passekudah.

Nos pareció un buen consejo, así que le hicimos caso y, en cuanto nos dejó, cogimos un bus que estaba ya a punto de salir. Esta vez pudimos ir sentados al ser cabeza de línea. Se agradece porque nos aguardaban casi 4 horas más de viaje. Reseñable en este país la extrema lentitud de los transportes públicos. Los buses, en concreto, tardan muchísimo en salir de las ciudades. Hasta que no salen a la carretera es realmente desesperante.

Fábrica de secado de pescado que vimos en el trayecto en bus

Antes de llegar a Batticaloa, hay un pueblo con un desvío para Passekudah, y un chico del bus nos fue avisando a los turistas por si queríamos bajar. De ahí, nos separaban otros 7km del punto de destino, así que en lugar de esperar otro bus, cogimos un tuk-tuk al que dijimos que nos dejara en la playa para poder buscar hotel.

De nuevo nos encontrábamos sin hotel, y al no tener Internet, se nos hace más complicado buscar alojamiento porque los hoteles están un poco desperdigados entre sí, y además, o bien llenos, o bien fuera de presupuesto. Y esto último nos temíamos que nos iba a suceder por aquí. No en vano a esta zona, la playa de Passekudah, la llaman la pequeña Cancún. Una bahía salpicada de resorts de lujo (bastante integrados en en entorno, eso sí), pero nada masificada. La playa es literalmente fantástica. Arena blanca y agua turquesa con una gran franja de arena y unas aguas bastante tranquilas gracias a la construcción de un rompeolas. Eso sí, están los omnipresentes perros y también un buen puñado de vacas que campan a sus anchas por la playa. Sin saberlo seguro, me atrevería a decir que una zona mayoritariamente hinduista, al menos por el estilo de vida que se observa.

Recién llegados y cargados, como siempre…

No hay mucho que hacer aquí más que estar tirado en la playa, porque una vez te sales de la playa, a parte de algún restaurante, pensiones y unos cuantos puestos callejeros, no hay mucho más que hacer. Pero cuando llegas a este sitio sabes que tienes todo lo que necesitas para un par de días tranquilos.

Decidimos que era buena idea ir al resort más cercano, conectarse a su WiFi, y de paso que comíamos que ya era hora, aprovechar para buscar un hotel. Y así hicimos. En el resort ni preguntamos porque era obvio que estaba fuera de presupuesto, pero la verdad que era una maravilla de sitio. Precioso.

Nosotros nos decantamos por el Ealr’s Passi Bay, un hotel de 3* con piscina como a 200m de la playa. Pagamos unos 55 euros por noche. Y lo reservamos para dos. Estaba bien, pero claro, sin los grandes lujos de nuestros resorts vecinos, en los que tenías que pagar de 150 para arriba por noche, con una carta de comidas de acuerdo al precio de la habitación.

De todas formas, yo recomiendo buscar con tiempo y alojarse en uno de estos resorts a pie de playa, porque así puedes estar en tu hamaca y con tu sombrilla, tienes la piscina al lado, tú habitación, el bar… Es mucho más cómodo.

Siendo una buena playa como lo es, tiene la desventaja de que hace mucho viento. Estando con un toalla en el suelo, aparte de que se te vuela todo, te llenas de arena de arriba abajo, y encima pica. Así que mejor estar en tu hamaca con tu libro y yo cóctel, porque esa es otra, no hay muchos sitios más que los bares y restaurantes de los resort, y si no estás alojado, es mucho más incómodo.

Después de instalarnos pasamos la tarde disfrutando de la playa y del Sol. También me gusta mucho de este país que no existe la separación turista-local. Es decir, en todas las playas se puede bañar todo el mundo como debe de ser. Por eso es qué te encuentras grandes grupos de chavales y chavalas (muchas de ellas con demasiada ropa para el baño…) y familias enteras disfrutando de sus playas. Eso de la segregación no se lleva aquí, y me encanta (aunque sí puede que haya algún resort con su playa privada, nunca vi echar a nadie).

Cayendo ya la noche decidimos darnos un baño en la piscina (que se estaba de lujo) y después de ducharnos y antes de cenar, se nos ocurrió que podríamos ir a tomar una cerveza a un chiringuito de uno de los resorts de la playa. Mmm, no lo aconsejo, a las 20 ya tenían la cocina cerrada, estábamos solos y el trayecto lo tienes que hacer totalmente a oscuras. Al final tienes que ir a “morir” a tu hotel para las horas de la cena, así que mejor tomar las cervezas fuera de tu hotel con las horas de luz. Para el día siguiente, lección aprendida.

Finalmente fuimos a cenar a nuestro hotel, con una carta bastante aceptable por cierto, y nos tocó esperar la hora de rigor para que nos trajeran la comida (¿he dicho ya lo leeeeentos que son aquí para todo?).

Con un curry de pescado que me llenó de fuego estómago y garganta nos fuimos a dormir a la, hasta ahora, hora récord del viaje: las 23.30! ;P

El segundo día y último de nuestra estancia playera decidimos visitar la vecina playa de Kalkudah. Por cierto, si no se tiene contratado en el hotel, recomendable el desayuno en el local contiguo al hotel, un restaurante – pensión de cabañas con filosofía eco. Por unos dos euros puedes tomar huevos fritos, zumo de frutas natural, café con leche y 4 tostadas de pan casero con mantequilla y mermelada. Para mí, en el top 3 de mis desayunos aquí.

La playa de Kalkudah es otra bahía se encuentra más o menos a un km al este de Passikudah. Saliendo del Earl’s, todo a la izquierda por una carretera te vas a encontrar con ella en poco más de 10′.

Las características de esta playa son muy similares a la otra, solo que esta está más virgen, con mucha menor oferta hotelera y más viento que hacen que las olas sean más grandes, además de tener una considerable corriente de resaca, hay que tener cuidado con ella. Pero es igualmente una playa de postal, aunque puede que te encuentres alguna caquita de vaca y/o perro.

Alguna caquita puede que te encuentres…

Pasamos aquí la mañana, nos rebozamos bien de arena, y a la hora de la comida repetimos en el Honey beach club: un ceviche que no era tal (pero estaba bueno), unos calamares que bien me los podrían haber servido en un bar de Madrid (bueno, casi) y un fish and chips muy, muy rico! De vez en cuando tenemos que huir del fuego ceilandés.

Por la tarde vuelta a nuestra playita cercana de Passikudah, piscina, cervezas, cena y a decantarnos los sesos sobre cómo podríamos llegar a Galle (último destino de viaje) lo más rápido posible.

Tras investigar mucho y pedir ayuda a la dueña del hotel (la red de buses aquí es un poco locura), nos dijo que había un bus directo a Galle (que tardaría fijo tropecientas horas) que paraba justo en la puerta del hotel. Solo uno al día y a las 6 de la tarde. Quedó descartado porque perderíamos mucho tiempo y era un viaje muy largo que no queríamos afrontar en bus.

Finalmente nos decidimos por viajar a Colombo en tren, y de ahí cogeríamos otro tren o bus a Galle. Otro trillón de horas y de punta a punta del país, pero ya no podíamos eludirlo más, el viaje llega a su fin y teníamos que ir acercándonos al destino. Además, Galle es una ciudad que no queríamos perdernos.

Veremos qué nos depara mañana el día!

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