Días 12, 13 y 14 – Galle y vuelta a casa

Hoy nos espera el día más duro del viaje (o el segundo más duro, teniendo en cuenta lo kafkiana que va a ser el regreso a casa). Ya no podemos postergarlo más, debemos ir acercándonos a Colombo, la vuelta a casa ya planea en el horizonte y seguimos en la otra punta del país.

A las 5.15 h suenan los despertadores y, con la mochila ya marchada, terminamos de guardar las cosas, nos quitamos las legañas y enfilamos a la recepción para hacer el check-out. Cuando llegamos nos encontramos una sorpresita: no solo no hay nadie y está todo apagado, encima hay una cadena bien hermosa en la puerta impidiéndonos salir (aunque supuestamente este hotel tiene recepción 24 horas). Tras 15 minutos maldiciendo y sin saber muy bien qué hacer (no tenemos forma de llamar a nadie), aparece un seguridad con unos cafés que creemos iba a llevar a una de las habitaciones y le decimos que llame a alguien porque tenemos que pagar y largarnos de allí rápido. Y menos mal porque a las 7 sale el tren desde Valaichchenai dirección Colombo, y todavía debemos encontrar tuk-tuk que nos acerque, comprar los tickets y demás.

Después de pagar (todo muy parsimoniosamente, hay que decir), desde el hotel nos consiguen un tuk-tuk y enfilamos al pueblo de enlace, desde donde cogeremos el tren. Está a poco a más de 10 minutos, así que finalmente llegamos bastante sobrados de tiempo a la estación. Por cierto, me gustaría comentar una cosa respecto a los pagos (casi siempre en metálico porque en la mayoría de los sitios solo aceptan el pago en efectivo), y es que es increíble los problemas que tienen para conseguir cambio. Incluso de billetes pequeñísimos, tanto en las Guesthouse como en los hoteles, siempre tenían problemas para darnos el cambio, lo cual me parece un poco sorprendente cuando tienes un negocio y más de estas características. Lo comento como curiosidad, pero para posibles futuros viajeros es un tema a tener en cuenta.

Una vez llegados a Valachchenai, tan solo teníamos que comprar los billetes y realizar el trayecto de ¡8 horas! que nos llevaría hasta Colombo. Pero sin duda este es el mejor viaje de cuantos hemos realizado en la isla. A pesar de ser el trayecto más largo y que por momentos pensábamos que el tren iba a descarrilar por el brutal traqueteo, fuimos super cómodos. Apenas había gente y no tuvimos que luchar por ningún asiento. Encontramos sitio desde el principio para nosotros y nuestras mochilas y fuimos durmiendo y viendo el paisaje la mar de cómodos.

Una vez llegados a Colombo, urgente vaciar vejigas (en el agujero más infecto al que me he enfrentado en mi vida, por Dios qué horror de baños) y pensar si coger otro tren u otro bus para llegar a Galle. En la estación, mientras comíamos algo rápido antes de hacer el siguiente viaje (típicos rollitos de verduras y picante), se nos arrimó un tipo la mar de extraño que empezó a preguntarnos cosas, me pidió el teléfono y alguna historia más que no me hizo mucha gracia. Ya he comentado que aquí la gente es majísima, y es bastante habitual que se te acerquen a dar conversación, pero este tipo en concreto tenía alguna cosa rara que no me acababa de convencer, así que le dimos boleto y encarrilamos para la estación de bus.

Habíamos leído que dirección Galle había unos buses rápidos que tardaban dos horas yendo por la autopista, así que pensamos que era mejor opción que el tren que tardaba casi 3 horas y seguramente iría muy lleno. Pero cuando llegamos allí y empezamos a preguntar, nos dijeron que serían al menos 3,5 horas. Otra vez un trayecto interminable para recorrer poco más de 100 km. Sumadas a las 8 horas que ya llevábamos, más otra hora y pico que pasamos en Fort comiendo y pensando que hacer, era un palizón considerable, pero no quedaba otra.

De bastantes malas maneras, el tío del bus público a Galle nos dijo que podíamos subir al bus, creo que sin muchas ganas por nuestro gran equipaje (en estos buses no hay sitio para dejarlo). Seguíamos sin estar muy convencidos, y en eso se nos acercó un tío que muy amablemente nos empezó a decir que mejor cogíeramos los buses privados, que son mas rápidos y cómodos. Habíamos oído hablar de ellos, pero lo cierto es que no los habíamos llegado a ver porque se sitúan un par de calles más allá, pero nunca nos habían hablado de esta opción. Este chico, que tenía mucha soltura y nos empezó acompañó al lugar, nos contó que hablaba muchos idiomas, nos dijo cuánto deberíamos pagar por el tuk-tuk al llegar y alguna cosa más, nos empezó a dar mala espina en cuanto me pidió el teléfono y me preguntó en qué hotel me iba a alojar. Iván se solía enfadar conmigo porque me decía que era muy confiada y daba mucha información a la gente, pero la verdad es que yo tampoco veo nada de malo en hablar con la gente y contarles algunas cosas igual que ellos te las cuentan. Pero en este caso tenía razón, el tipo era un liante que nos quería sacar pasta por su “ayuda” y también pretendió engañarnos diciéndonos que debíamos de pagar billete por las maletas. Hay veces que es cierto, pero en este caso me dijo un precio muy alto para lo que es el país (que realmente no es mucho, pero para allí sí lo era, como 300 lkr). La jugada que quería hacer era que pagáramos eso , y el hablar con el conductor y quedarse la pasta. Además, cuando se despidió me pidió dinero. Nos enfadamos y con razón, porque una cosa es que te dejen las cosas claras y otra que con la excusa de ayudarte te quieran sacar el dinero. Enseñar dónde está una calle es gratis en Sri Lanka, en España y en todo el mundo. Y más cuando se supone que se hace desinteresadamente.

Al final dejamos al tipo con dos palmos de narices y nos subimos al bus que es cierto era muy cómodo y con A/A. Íbamos solos y nos parecía raro porque aquí los transportes públicos siempre van hasta la bandera, así que estábamos un poco a la defensiva. Finalmente subió más gente, y a la hora de cobrarnos el billete nos cobraron el mismo precio que a todo el mundo y nada de pagar por las mochilas, menos mal que los del bus eran tíos honorables y no accedieron a los chanchullos del personaje este.

Pero este bus tan maravilloso nos tenía preparada otra bromi-sorpresa: 4 horas y 15 piiiiii minutos más de viaje, ¡y eso que se supone que era de los rápidos! Es una broma lo de los transportes aquí, y ni siquiera el tráfico de Colombo justifica esta lentitud. Se supone que cogimos el mejor bus, pero dudo mucho que fuera por la autopista porque tardamos más del doble de lo que deberíamos haber tardado.

A las 20.15, alrededor de 14 horas después de salir de nuestro hotel en Passikudah, llegábamos a Galle. Una pasada, récord de récord de todos nuestros viajes como mochileros. El “consejo” que me dio el personaje de Colombo me incitó a enfrentarme a mi negociación más feroz de tuk-tuk, sabiendo que no me encontraba a más de 3 km del hotel. Reseñable la buena voluntad del conductor, que me vio bastante inflexible y aceptó sin mucha resistencia.

Estaba lloviendo y a pesar de que me dijo que sí, el pobre hombre no tenía ni idea de dónde estaba la villa que habíamos reservado (las villas son propiedades particulares más o menos grandecitas con varias habitaciones, la familia suele vivir allí en su propia casa y tienen un terrenito con jardín). Yo no sé la de vueltas que nos dio en el tuk-tuk que casi no tenía luces, y eso que estaba lloviendo, venga a dar vueltas por callejuelas poco iluminadas y nada. Hasta que la hospitalidad ceilandesa nos volvió a sonreír. Le preguntó a unos hombres por la calle y estos le dejaron su móvil para que llamara a la villa y le dieran las indicaciones para llegar. Es increíble la predisposición de esta gente para ayudarse entre sí. Es sin duda una de las cosas que más me enamoró del país.

Por fin, a las 20.45 llegamos a destino! Le dimos al hombre más dinero de lo que habíamos acordado porque nos dio penica la de vueltas que había tenido que dar (me da mucha ternura la gente de aquí, porque no se quejan nada y se les ve muy buenos) y nos presentamos a la familia, que nos recibieron con su mejor batería de sonrisas. Una acogida muy muy cálida de una de las hijas y el padre (que parecía que era el que cortaba el bacalao). La habitación nos pareció bien y decidimos quedarnos aquí las dos noches que nos quedaban, aunque para ser justos nos abrumó un poco el señor, porque nos empezó a dar mucha información de cosas que podríamos hacer la día siguiente (excursiones para ver ballenas y tortugas, templos y no sé qué más), y ya parecía que medio nos estaba organizando el día con su hijo el conductor de tuk-tuk. A ver, muy buen rollo pero nos pareció un poco avasallador nada más llegar. Así que le dijimos que como era nuestro último día, tan solo queríamos pasear por Galle y ver la ciudad tranquilamente (que sabíamos que tenía mucho que ver). Nos comentó que tan solo era información y que nosotros decidíamos, pero yo creo que se dio cuenta de que éramos firmes en que no queríamos rollos. A ver, las excursiones están bien, pero al final es un poco de aquí para allá, y realmente deseábamos pasar un día sin más faena que pasear, descubrir la ciudad y pararnos en un bar si nos apetecía. En esta ciudad podríamos hacerlo.

Para la cena, como ya era tan tarde y ellos no tenían nada preparado, nos fuimos con su hijo (el del tuk-tuk) a Fort, para poder cenar algo en un restaurante. Es bastante habitual que ellos te lleven y luego te recojan a la hora que les digas, así que quedamos que en 1 h 45′ viniera a por nosotros. Le dimos un poco de tiempo de más porque ya me conozco yo la lentitud de los sitios.

Nos dejó en una calle que estaba llena de sitios, y aunque estaba todo medio cerrado, esto definitivamente tenía una pinta muy distinta a todo lo que habíamos visto antes. Un montón de restaurantes bonitos, calles muy cuidadas y limpias, arquitectura colonial… Un pintón! Recalamos en un sitio tipo cadena pero de comida sana y buena (por cierto lleno de españoles) donde comimos cosas muy ricas y aunque nos habían asustado, bastante bien de precio, el Counter Calories. El camarero estaba un poco empanadilla, as usual, pero la verdad que el servicio era bastante bueno, y el sitio muy bonito, con una decoración vintage y una terracita muy agradable.

Después de la cena decidimos ir en busca de una birra porque en el sitio de la cena no tenían, íbamos bien de tiempo, y hoy teníamos el contador de cervezas a cero. Recalamos en uno de los hoteles más bonitos en los que he estado, con un patio interior precioso, también de estilo colonial, Colombo Forts me parece que se llamaba, y con un precio estupendo también para las cervezas, no más caro de lo que habíamos pagado con anterioridad. Es verdad que Galle era un poco más caro, pero tampoco tanto.

Cumplida la hora volvimos al sitio acordado y allí estaba el chaval esperándonos. ¡El pobre se había quedado ahí todo el rato! Me supo fatal, porque de haberlo sabido no le habríamos dicho tanto tiempo. Nos llevó a casa y a dormir merecidamente porque estábamos hechos pulpa después de la paliza de viaje.

Al día siguiente, después de un abundante y muy bueno desayuno local (por supuesto con su buen toque de picante), cumplimos palabra y nos fuimos a descubrir la fortaleza de Galle. Nos llevó el chico del tuk-tuk (no recuerdo su nombre) y nos dejó justo en la entrada de la puerta principal y le dijimos que ya volveríamos por nuestra cuenta por la noche.

¿Qué decir de Galle? Después de muchos pueblos feos, con un par de calles y negocios destartalados a los lados, el caos circulatorio y es estrés de Colombo, con sus grandes edificios de hormigón sin gracia, Galle es un regalo para los sentidos. Bonita de verdad. Al menos la parte de Fort es una maravilla. Un recinto amurallado construido entre portugueses y holandeses hace unos 500 años que encierra unas cuantas calles muy cuidadas, con arquitectura de estilo colonial y bonitos comercios, restaurantes y hoteles. También un faro precioso, iglesias, la torre del reloj y varios bonitos edificios más, como el antiguo hospital neerlandés, hoy reconvertido en un centro de ocio con buenos restaurantes y comercios. Recorrer las calles de Fort a pie es una delicia, pararte a contemplar cada edificio, meterte en los templos religios, subirte a la muralla y darle toda la vuelta, contemplar como rompen las olas desde lo alto… Es una maravilla de verdad.

Mezquita

Puerta principal

Faro!

Y a eso nos dedicamos, a pasear y dejar pasar las horas recorriendo sus calles. A comer mejor de lo que acostumbrábamos, a no tener prisa, a curiosear en los comercios, a pasear por la muralla y por el faro, en definitiva, a saborear nuestro penúltimo día en Sri Lanka, que sabía a último porque al día siguiente era ya el que nos teníamos que volver a casa y dejar este sueño atrás.

Mientras paseábamos por la muralla nos encontramos al dueño de nuestra villa, que estaba vendiendo monedas a los turistas. Son monedas que supuestamente han sido rescatadas del mar de la época del colonialismo portugués y holandés. Muchas familias que tienen alojamientos se ganan la vida haciendo muchas cosas: con el tuk-tuk, comidas, alojamiento, organizando tours, vendiendo cosas…. Es una forma de multiplicar los ingresos y al huésped le dan casi todos los servicios que necesita, quedando todo en familia, me parece una buena idea.

Después de más de 8 horas recorriendo las calles, nos dimos una última cena un poquito más homenaje de lo normal (sin volvernos muy locos tampoco), y volvimos a casa a eso de las 22, que mañana nos espera el último y definitivo día horribilis de viaje 😦

Y como todo lo bueno irremediablemente siempre tiene un final, llegamos a nuestro último día. El avión de vuelta (los aviones de vuelta, mejor dicho), salía a las 3 de la madrugada del sábado, así que teníamos un porrón de horas bajonas por delante que afrontar.

Para darle un poco de alegría al tema, decidimos contratar un mini tour para ver alguna cosita más cerca de Galle antes de marcharnos. Así que acordamos con el chaval una visita a 4 lugares por 2000 lkr y un par de horas.

Hicimos tiempo hasta las 12, y después del desayuno más picante que recuerdo en todo el viaje (y eso que dijimos que desayuno occidental pero nos ignoraron un poquito), nos marchamos a hacer las últimas visitas.

Primero fuimos al tempo budista de Yatagala Raja Maha Viharaya, un antiguo templo 2300 años de antigüedad, situado debajo y entre unas rocas, que se encuentra en Unawatuna, a unos 10 km de Galle. El templo es una pasada, merece muchísimo la pena la visita. Además del entorno, dentro puedes contemplar antiguos azulejos con la historia de buda y un gran Buda acostado, aunque el entorno es más espectacular. Como siempre, deberás descalzarte antes de entrar en el recinto y cubrirte la rodillas. La entrada es gratuita, pero a nosotros nos recibió un hombre que nos hizo un minitour por el interior y después (obviamente) nos pidió una donación voluntaria, pero que te sientes un poco forzado a hacer. Realmente no me parece mal, porque parece ser que este caso era una donación “oficial” destinada al mantenimiento del templo, y quiero creer que es así.

Nos tomamos unas fotos dentro y fuera, paseamos por entre las rocas y tuvimos la suerte de encontrarnos con un varano enorme enorme que paseaba alegremente por allí. Esta es una de las cosas que más me gusta de este país, la cantidad de fauna salvaje que te puedes encontrar así de repente.

Después de esta visita fuimos a la cercana playa de Unawatuna, simplemente para verla porque no nos íbamos a bañar. Y en este caso sí debo decir que no nos encontramos gran cosa. La playa no está mal, pero no es ninguna maravilla. A nosotros nos pareció infinitamente peor que las que habíamos visitado en el este. Puede que fuera por estar fuera de temporada (sin sol y con el agua muy brava y más turbia), pero un par de escalones o 3 por debajo de las maravillas de Passikudah o Nilaveli. Más sucias además e incomprensiblemente mucho más llenas (también con más servicios). Echamos un par de fotos y nos fuimos hacia nuestro tercer destino, el santuario de Rumassala, situado cerca de la pequeña playa de Jungle Beach, con una impresionante estupa construida encima de una colina, con preciosas vistas al océano índico.

La última parada iba a ser la visita a la playa de Jungle beach (bueno, una de ellas, porque nos comentó el conductor que en realidad eran dos de similar belleza). Nos llevó a la que a él le pareció, y descendimos una sinuoso sendero entre la selva (de ahí su nombre), para dar con una bonita y pequeña playa escondida entre las rocas. Siendo bonita, que lo es, quedaba algo deslucida nuevamente por un mar bravo, poco sol y una gran cantidad de basura de más. En este aspecto, sí que hay que darle un tirón de orejas a la gente de aquí. Su naturaleza es su patrimonio y deberían cuidarlo más y concienciar a la gente de la importancia de mantener limpio y cuidado el entorno. Creo que en este punto necesitan avanzar más, aunque también es cierto que nos hemos encontrado tímidos esfuerzos más a nivel individual que gubernamental por reducir residuos. No digo que el gobierno no esté preocupado por ello, pero sinceramente creo que deberían invertir más en ecoturismo, porque tienen mucho que ofrecer y se lo cargarán a este ritmo de construcción que llevan. Está relativamente poco turistificado y tiene mucho potencial, pero es vital encontrar un equilibrio para conservar la maravilla que tienen, sería muy triste que lo perdieran.

Volviendo a nuestra experiencia, ya solo nos quedaba regresar a la capital. El chico nos dejó a la hora acordaba en la estación de tren, y cogimos el penúltimo tren a las 14.45 que salía para Colombo. Nada más llegar nos dimos cuenta de que no iba a ser un viaje fácil, un montón de gente en la estación, y un tren que seguramente ya viniera cargado de destinos anteriores.

Cuando llegó, a pesar de que conseguimos un asiento y sitio para dejara las mochilas, el tren iba increíblemente lleno una vez más, al menos el destino no era especialmente largo. Y si bien la gente aquí es amable y educada, creo que en los trenes pierden complemamente los papeles. El ansia por conseguir asiento los lleva al borde de la mala educación, sin parar de conspirar para conseguir uno, o colándose literalmente como anguilas detrás de ti para arrebarte el sitio. Más o menos de mitad de camino, entró una familia con dos niñas, y la madre ni corta ni perezosa nos encasquetó a la niña a otra chica y a mí entre los dos asientos. Es decir, en un asiento de dos, en el hueco que quedaba entre medias, embutió a la niña sin nisiquiera preguntar, y a mí me planto la mochila encima de los pies. Flipé un poco, la verdad. Seguramente aquí sea práctica habitual porque la otra chica que era de allí lo vio tan normal, pero bueno, yo tampoco dije nada y le hice todo el sitio que pude a la niña que, a Dios gracias, ocupaba bastante poco, pero aún así pues tampoco es que fuéramos muy cómodos. De hecho, y esto me jode más, la niña prefería ir de pie porque estaba muy incómoda (normal), pero los padres no le dejaban porque es una manera de utilizarla para que cuando nos levantáramos, conseguir ellos el sitio. Al final me terminé levantando y dejando el sitio ya por vergüenza, pero joder. Para ser justos, también diré que he observado a algunas personas ceder su sitio a turistas y a su gente también, pero en general es un despropósito de empujones y luchas por conseguir sitio, que medio lo entiendo porque son viajes muy largos generalmente. Y a todas estas, con los pasillos abarrotados, no paran de pasar vendedores de comida y bebida con sus cestas, con mucho arte, eso sí.

Cuando por fin llegamos unas 2,5 horas después, nos dirigimos a la estación de bus para ir al aeropuerto, lo preferíamos para hacer un poco de tiempo más, y además este bus es bastante cómodo y con aire acondicionado, así que dicho y hecho. Este sería ya el último de todos los transportes en el país, así que hasta que casi lo cogí con gusto y no me importó que tardara media hora más de lo debido (la rapidez del transporte público, ya sabéis).

Una vez en el aeropuerto, “solo” nos quedaban 7 horas de espera hasta el despegue del primero de los 3 aviones que nos separaban de nuestro hogar madrileño… Y así, con mucha nostalgia, solo nos quedaba desear que ya el tiempo pasara rápido y recordar con cariño los preciosos momentos que habíamos vivido en esta isla de ensueño que nos enamoró casi desde el principio (al segundo día para no mentir). Un viaje más y un montón de aventuras que concluyen por el momento, hasta la siguiente.

Gracias Sri Lanka, te pongo en la lista de sitios a los que volver, ¡me quedó mucho de ti! 🙂 ❤

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